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El 2025 apenas comienza y el Quindío ya registra una cifra alarmante: 43 intentos de suicidio en menos de cinco semanas.

Este número está peligrosamente cerca de alcanzar el total de suicidios consumados de todo el 2024, que fue de 47.

Los datos del Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública (Sivigila) dejan en evidencia un problema profundo y estructural. De los 43 casos registrados este año, 30 corresponden a mujeres (69,8 %) y 13 a hombres (30,2 %). La mayoría se concentran en Armenia (27), seguido de Calarcá (6), Montenegro (3) y otros municipios con cifras menores, pero igualmente preocupantes.

Si analizamos la distribución por edades, encontramos que 9 casos corresponden a jóvenes de entre 10 y 19 años, 15 a personas de 20 a 29 años y 14 a quienes tienen entre 30 y 39 años. Es decir, casi el 90 % de los intentos se han dado en personas menores de 40 años. Este dato debería ser suficiente para entender la urgencia de abordar la salud mental desde una perspectiva integral, que incluya no solo atención médica, sino estrategias de prevención en colegios, universidades y espacios laborales.

La situación económica también es un factor clave. Del total de intentos, 38 ocurrieron en personas de estratos 1 y 2, los niveles socioeconómicos más bajos. Esto confirma lo que diversos estudios han señalado: la precariedad económica y la falta de oportunidades son determinantes en la salud mental. No se trata solo de problemas individuales, sino de un reflejo del abandono institucional y la ausencia de políticas públicas efectivas.

Más allá de las estadísticas, lo que realmente debería preocuparnos es la falta de una respuesta adecuada. En Armenia, el secretario de Salud, en las ocasiones que La Crónica ha intentado entrevistarlo sobre el tema, ha optado por el silencio, negándose a pronunciarse sobre la crisis. Esta postura no solo es irresponsable, sino peligrosa.

El suicidio es un tema delicado, sí, pero ignorarlo no lo hace desaparecer. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha insistido en la importancia de un tratamiento adecuado en los medios de comunicación. Es cierto que un enfoque sensacionalista puede generar el “efecto Werther”, que incrementa la incidencia de suicidios, pero también está demostrado que una cobertura responsable puede producir el “efecto Papageno”, reduciendo los casos al ofrecer información útil, recursos de ayuda y testimonios de superación.

La pregunta, entonces, no es si se debe hablar del tema, sino cómo hacerlo. El Quindío necesita que el problema se visibilice, pero con un enfoque que priorice la prevención y el acceso a ayuda profesional. La línea de atención 311 730 6678 es un recurso disponible las 24 horas, pero no basta con un número telefónico si no hay un plan estructurado detrás.

Urgen campañas de sensibilización, formación para docentes y profesionales de la salud, estrategias de acompañamiento comunitario y, sobre todo, una respuesta institucional firme y comprometida. Esto es algo que venimos reclamando en este espacio desde el año pasado.

Cuatro personas ya han perdido la vida en el Quindío en lo que va del año (un solo mes). Cuatro muertes que, tal vez, pudieron ser evitadas. El silencio no es una opción.


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