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Los damnificados del incendio del domingo necesitan una mano que los impulse a comenzar de nuevo.

La madrugada del pasado domingo 1 de febrero, un incendio arrasó seis viviendas en el barrio Pradito Bajo y dejó a 27 familias sin hogar. Sesenta y siete personas, entre ellas 16 menores, vieron consumirse en minutos todo lo que tenían. No hubo tiempo para salvar nada. Solo quedaron las cenizas, el frío y la incertidumbre.

Han pasado tres días desde entonces. Tres noches de lluvia incesante y temperaturas muy bajas. Mientras la ciudad retoma su ritmo cotidiano, decenas de personas duermen en carpas improvisadas o en el suelo de casas ajenas.

Es necesario recordarlo hoy porque es fácil conmoverse el primer día. Las imágenes del fuego, los testimonios desgarradores, la solidaridad inmediata, pero la tragedia no termina cuando se apagan las llamas. Por el contrario, comienza ahí. Los damnificados necesitan apoyo ahora más que nunca, cuando la atención mediática disminuye y el cansancio amenaza con erosionar la compasión colectiva.

En las páginas locales de hoy está resumida la historia de John Alexánder Velandia, que salvó a su hija de dos años lanzándose entre las llamas porque no había otra salida. Perdió seis mascotas, su hogar, cada objeto que construyó con esfuerzo. Lida Santamaría vio arder su casa y la de su hijo en minutos, bajo la lluvia que no logró detener el fuego. Son solo dos historias entre 67.

La respuesta institucional funcionó: Bomberos, Omgerd, secretarías de Salud y Desarrollo Social activaron protocolos de emergencia, pero ningún protocolo devuelve lo perdido ni construye un futuro. Eso solo lo logramos nosotros, como sociedad.
Reconozcámonos en ellos, cualquiera de nosotros pudo despertar esa madrugada entre gritos y llamas. Cualquiera de nosotros pudo cargar a su hijo y saltar hacia lo desconocido. La fragilidad nos iguala. La empatía nos fortalece.

No se trata de dar lo que sobra. Se trata de dar lo que permite el corazón. Ropa para los 16 niños que enfrentan el frío. Alimentos para las familias que perdieron hasta sus platos. Materiales para reconstruir, aunque sea precariamente, un techo donde resguardarse. Pero sobre todo, se trata de acompañamiento sostenido. De recordar mañana, la próxima semana, el próximo mes, que estas 27 familias siguen ahí, reconstruyendo desde cero.

La solidaridad instantánea conforta, pero de manera sostenida transforma. Pradito Bajo necesita ambas. Los damnificados piden una mano que los impulse a comenzar de nuevo. Extendámosla sin condiciones ni plazos, porque en la capacidad de responder ante el dolor ajeno se mide nuestra verdadera humanidad.

El fuego consumió madera y zinc. No dejemos que consuma también nuestra capacidad de cuidarnos entre todos.


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