Si bien en Colombia el humor, el mamagallismo, ha sido una manera de acercarnos a la realidad, de negar su toxicidad o, mejor, de trascenderla, a veces se ha convertido en arma política, en el vinagre de nuestros días.
Cuando Carlos Lleras Restrepo, conocido como Remache, gobernaba los caricaturistas hacían fiesta con su malgenio, pero nunca pensaron en faltarle al respeto, a quien por sus conocimientos de economía y literatura podía disertar sobre diversos temas. Nadie, por respeto, se hubiera atrevido a calumniarlo.
Luego, alguna gente se burlaba de la eterna sonrisa del presidente Pastrana Borrero, adquirida luego de un accidente en Bogotá. No obstante que la oposición lo sentía lento, todos sabían que detrás de su carácter existía un proyecto ideológico que, por ejemplo, finiquitó la reforma agraria propuesta por su antecesor. Sonreía mientras conculcaba derechos de los pobres.
La llegada al poder de Alfonso López Michelsen fue otro asunto. Era un caballero de corte inglés y un bohemio perspicaz, cuyo cosmopolitismo e inteligencia pocos podían enfrentar o emular.
Sin embargo, Lucas Caballero Calderón, Klim, lo encendió con el látigo de su pluma, a quien había sido su compañero de colegio. Fue tal su ascendencia sobre la opinión, por su estilo irónico, que el presidente López Michelsen pidió su despedido de El Tiempo. Lo botaron de su trabajo, pero sus columnas quedaron como testimonio de su oposición al oficialismo y al gobierno del Mandato Claro.
Otro asunto fue el gobierno de Turbay Ayala, cuando humoristas, caricaturistas y la gente del común hicieron de su presidente un hazmerreír permanente. En su tiempo, gobernaron los militares, con sus métodos, y él se dedicó, entre otras cosas, a la francachela.
Belisario Betancur, por su parte, recuperó en mucho la dignidad del cargo, ante sus opositores, aun cuando nadie olvida sus descaches con las tragedias de Armero y el Palacio de Justicia. De nuevo, los militares hicieron de las suyas. Aunque en la memoria están también las veladas poéticas en el Palacio de Nariño.
Barco, su tartamudez y luego su enfermedad del olvido, recibió la prudencia de la prensa, y su discreción fue respetada por los opositores. César Gaviria y Ernesto Samper, o el mismo inane de Andrés Pastrana, todos ellos fueron tema de la prensa, ya fuera por sus decires, por el tono de su voz o por sus hábitos. Ellos, casi siempre, toleraron las chanzas y se rieron junto con sus detractores.
La risa desapareció en la era uribista, toda vez que los aparatos de vigilancia del Estado espiaron a la prensa y a sus opositores. Duque, por su parte, dio insumos para los humoristas, y aún hoy se piensa en sus descaches diarios.
A Petro, ahora, además de imitarlo y caricaturizarlo, lo convirtieron en blanco de la calumnia y la infamia. Sus metáforas se volvieron fuente de burla, y su vida privada un coto de caza de chismes y de retorcidas teorías.
Jamás un presidente había sido objeto, más allá de sus errores, de tanta sevicia de parte de la oposición. Jamás habíamos degradado tanto el lenguaje y la discusión pública.
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