Murió Mario Vargas Llosa. Esa es la realidad. El hecho ineludible que sus hijos comunicaron con sobriedad: falleció en Lima, el 13 de abril de 2025, rodeado de su familia y en paz. Pero apenas la noticia empezó a circular, ocurrió algo que él mismo había anticipado muchas veces: la ficción comenzó a hacer su trabajo
Las redes se llenaron de fragmentos de sus novelas, entrevistas y ensayos. De pronto, en medio de esta muerte concreta, reaparecieron sus mundos imaginarios. Volvió Zavalita preguntando en qué momento se jodió el Perú, volvió Urania Cabral enfrentando los fantasmas del trujillismo. Volvieron, vivos, los personajes que él inventó.
Vargas Llosa escribió en La verdad de las mentiras que la novela no reproduce el mundo, sino que lo rectifica. En su discurso del Nobel, lo dijo de otra forma: “Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.” Y en efecto, la literatura fue para él una ampliación de lo humano. Una manera de resistirse al tedio de lo real, al absurdo, a las imposiciones del tiempo y del poder.
Pero también fue un hombre de este mundo fáctico. No se limitó a escribir novelas. Tomó posiciones, debatió, se expuso, se equivocó. Quiso ser presidente de su país. Quiso, con ideas, transformar lo que la ficción no bastaba para redimir. Defendió un proyecto liberal, moderno, democrático, polémico. Y por ello, su figura pública generó entusiasmo y rechazo.
Hay quienes lo admiran sin reservas, y quienes lo leen con distancia o desconfianza. Es comprensible. Sus ficciones son espacios abiertos; sus opiniones, en cambio, trazaban fronteras claras.
Esa dualidad no disminuye su obra. La enriquece. Porque en sus novelas no impuso doctrinas: dejó que los conflictos respiraran. Mostró el lado sucio del poder, el laberinto del deseo, la corrupción cotidiana, el miedo como forma de control. No ofrecía consuelo: ofrecía complejidad. Y eso, en un mundo que simplifica, es una forma de valentía.
Vargas Llosa también sostuvo que sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad y del infierno en que se convierte la vida cuando esta es arrebatada. Y es ahí donde vive todavía: en los libros que dejó, en las preguntas que sembró, en los dilemas sin resolver que heredamos.
Toda vida factual llega a su final, como le llegó a la de Mario Vargas Llosa. Pero hay otra forma de vivir —una forma hecha de papel, de imaginación y de lenguaje— que no se somete al tiempo. La ficción, ese arte que él defendió como esencial para la libertad, para la democracia, para la vida misma, lo mantiene presente.
Porque cada vez que alguien abra una de sus novelas, volverá a empezar —como toda buena historia— otra vez desde el principio.
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