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Las cometas, que alguna vez se construían con guadua y plástico, ya no pintan el cielo como antes.

Agosto siempre llega con un rumor distinto en el viento. Es el mes en que el cielo del Quindío se llenaba de colores, cuando la mirada de los niños buscaba entre las nubes la cometa que, jalonada con cabuya, parecía desafiar la gravedad y unir la tierra con el firmamento. Hoy, sin embargo, ese paisaje se ha ido desdibujando.

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Cometas artesanales

En otros tiempos, armar una cometa no era tan sencillo como comprarla.

Las familias se reunían alrededor de la guadua, que había que limpiar con paciencia para sacarle las astillas y darle forma a los huesos de la estructura. El papel celofán o el plástico completaban el ritual de construir algo que no solo era un juguete: era símbolo de ingenio, de tiempo compartido y de identidad cultural.

Cometas prefabricadas

Ahora, en las tiendas y esquinas, las cometas llegan en cajas marcadas con letras chinas. Vienen listas, con colores brillantes y precios que oscilan entre los 12 mil y los 80 mil pesos, según su tamaño, el grosor de la cabuya y la calidad del material. La más buscada sigue siendo la más pequeña, la de los niños.

Pero el espíritu de hacerla desde cero, ese que unía generaciones, se ha ido perdiendo.

Volar cometas: una tradición que se pierde

El cambio no se explica solo por la facilidad de comprar una cometa prefabricada, también faltan los escenarios donde esta tradición encontraba su máxima expresión.

El Festival Nacional de Cometas, que durante años convirtió al Edén en un cielo pintado de figuras, dejó de celebrarse con la misma fuerza. Se dice que el aeropuerto desplazó aquel espacio de encuentro. Y con él, se apagó parte de la memoria colectiva que giraba en torno al viento.

Aún así, quienes conservan la costumbre siguen mirando al cielo con nostalgia y esperanza. Porque cada agosto, el viento insiste en soplar, como recordando que todavía hay lugar para que la tradición vuele alto.


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