Hoy es Día de la Madre, y mientras otras celebran, Marta Lucía ya cruzó el océano. Viajó sola, sin dinero, sin tiquete de regreso, para buscar entre ruinas de guerra a su hijo, soldado al servicio de Ucrania, desaparecido en combate en un territorio hoy ocupado por Rusia.
Allá arriba, en una vereda que llaman Chochalito, vive Marta Lucía. Tiene la mirada clavada al piso desde hace meses, desde que su hijo se fue.
El mayor, Róbinson Sánchez, treinta y nueve años, dijo que se iba a buscar un porvenir, que ya no más finca, que la guerra ayudando a Ucrania le daría lo que aquí nunca encontró. Ella lo dejó ir. “Madre, me los llevo en el corazón”, le dijo la última vez. Y se fue.
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No ha vuelto. Y desde septiembre, las llamadas por teléfono también se fueron.
Marta no llora. Mira el suelo como si allí estuviera la respuesta. La tierra se le ha metido en las manos, en los ojos, en la voz. “No lo siento muerto”, dice. “No todavía”.
Le dijeron que no fuera, que cayó una bomba, que quedó sepultado, que donde estaba, ahora mandan los rusos y que allá nadie entra. “Dicen que desapareció”. Pero ella no cree, o no quiere, o no puede.

Le rogó al Gobierno, pero no la ayudó. Allá, en su vereda, Marta también peleaba una guerra, no con armas, sino con palabras gastadas y puertas cerradas. Iba de casa en casa pidiendo ayuda, como quien pide agua en tierra seca. Vendía lo poco que tenía, rifaba cosas que no le sobraban.
Nadie le daba mucho, pero algo caía. Un billete arrugado, una moneda tibia. Se lo guardaba en el sostén como si fuera oro. “Es para ir por mi hijo”, decía. Y la gente asentía en silencio, porque sabían…, porque verla era como ver el luto anticipado. Mientras allá se caían los edificios, acá se le derrumbaban los días. Pero ella seguía, sola, con la cabeza baja, echando el alma en cada paso.
Ahora va para allá. Trece millones le costó el tiquete de ida; el de regreso, quién sabe. Se va sin plata, sin saber idiomas, sin saber de mapas ni aeropuertos. Nunca salió del país. Ni siquiera montó en avión.
Pero se va.
“Yo por mi hijo voy hasta el fin del mundo”, repite.
Su familia le dijo que no, que para qué, que él ya está muerto.
Pero ella no lo siente así. “Yo parí ese muchacho. Yo sabría si está muerto”.
*********
Ya voló. Salió el 7 de mayo de Armenia. Llegó a Bogotá, Madrid, Varsovia, y de ahí en tren a Kiev; a pie, si toca. Supo que un hombre también andaba por allá, buscando un hijo. Que el ejército le dio un catre y un plato de sopa. Entonces ella haría lo mismo: pedir quedarse. Comer si le dan. Dormir si la dejan. Aunque sea en el suelo. Aunque sea un rincón. Aunque sea un silencio.
Tiene 59 años. Dos años de escuela. Habla despacio, con miedo. Pero cuando nombra a su hijo, se le aprieta la voz.
“A mí me sirve cualquier monedita”, dice. “Para comer, para volver”. El número que da es el único puente que tiene con el mundo: 322-573-45-25. Dice que es Davidplata o Nequi. Dice que no es mucho lo que pide.
Le dijeron que el lugar donde cayó la bomba ya no era de Ucrania. Que ahora lo tenía Rusia, que no vaya, que todo quedó tapado por la guerra, por el polvo, por el miedo. Que a los muertos no se les puede recoger porque los vivos no pueden llegar. Y ella se quedó callada, mirando al suelo, como si pudiera ver a través de la tierra. Como si su hijo estuviera ahí, enterrado en algún sitio donde no llegan ni las noticias ni las madres.
Marta Lucía, se despidió en Colombia de su esposo y de sus otros hijos. Anda sola, no espera milagros; solo espera que Diosito le dé una señal. Aunque sea un hueso, un pedazo de tela, un silencio distinto. No se queja, no grita, no se rebela; solo baja la cabeza. Cabizbaja, y mira y mira la tierra.
Hoy es el Día de la Madre. Y Marta sigue buscando a su hijo, aunque nadie lo busque ya. Ella no sabe si ella misma volverá.
Destacado:
No ha vuelto. Y desde septiembre, las llamadas por teléfono también se fueron.
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