Hace pocos años, en un estudio de Mark Dyble, financiado por la Universidad de Londres, se hizo pesquisa al origen del patriarcado. Los resultados fueron reveladores: existía equidad de género en las tribus cazadoras y se compartían, además de los lanzazos y las pedradas a los cerdos salvajes, los oficios domésticos. El desequilibrio fue causado … Continuar leyendo
Hace pocos años, en un estudio de Mark Dyble, financiado por la Universidad de Londres, se hizo pesquisa al origen del patriarcado. Los resultados fueron reveladores: existía equidad de género en las tribus cazadoras y se compartían, además de los lanzazos y las pedradas a los cerdos salvajes, los oficios domésticos.
El desequilibrio fue causado cuando los seres humanos empezaron a sembrar. Alguien tenía que salir a dispersar la semilla, a demorar en el campo y otro debía cuidar a la prole. En ese momento se empezó a construir una sociedad injusta.
El mayor esplendor del machismo fue en la época feudal, lo que descarta a esta dominancia hirsuta como una creación del capitalismo. Los señores feudales, autorizados por la iglesia condenaron a las mujeres a las cocinas y los conventos, y las obligaron a convertirse, por sus dulzuras y delicadezas milenarias, en cuidadoras de pequeñas comunidades denominadas familias.
Los señores feudales las avasallaron y los capitalistas de la modernidad, creadores del consumismo radical, utilizaron el desnivel propiciado para vender más accesorios y más útiles de cocina. El medioevo fue el esplendor del machismo: se crearon la primogenitura para el varón y el mayorazgo, con lo que el patrimonio, con la práctica del linaje, recayó en los hombres.
Las mujeres fueron lanzadas, sin más, a dos especies de mazmorras: el matrimonio, donde eran serviles, y el convento, donde cumplían los caprichos de todo tipo de los clérigos.
La Biblia, el maravilloso libro, la perversa guía misógina, era manual de uso abusivo contra la esencia femenina. La procreación era la función primordial de ese nuevo dispositivo creado para el placer guarro de los sucios guerreros que iban a las cruzadas.
El poder de las mujeres solo era posible y explicable en la viudez o en el celibato total, cuando dirigía un convento. Casi nada era posible sin la aquiescencia de los machos.
La oleada de felicidad y de esperanza, llegada con la aprobación del aborto en Argentina, aunque a algunas y algunos les parezca inauditas o heréticas, inunda el pecho de ilusión.
Los argumentos, en especial fueron de carácter salubre. Cerca de 38.000 mujeres en Argentina son hospitalizadas por consecuencia de abortos clandestinos, y se cree que en los pasados 30 años 3.000 mujeres han muerto por lo mismo.
Esa felicidad es la fundación de la utopía en territorios como el nuestro, donde la violencia contra la mujer y lo femenino, su muerte y humillación en todos los campos, géneros y seres trans, es cohonestada por algunos medios masivos de comunicación y hasta por otras congéneres.
Necesitamos de esa revolución pacífica y creativa. La Red de mujeres y diversidades del Quindío, la Red de mujeres de Salento, la colectiva Bugambilia de Quimbaya, la asociación panafricanista Proyección Afro de La Tebaida, la organización Yukasa, el Observatorio Mujer, cultura y derechos, todas, luchan por cambiar lo establecido.
Solo la causa feminista, incluyente, puede derrotar el marasmo de nuestro departamento. Volverlo, de nuevo, territorio fértil para la esperanza.
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