Por: Mauricio Hernández
Este fin de semana llamé al psicólogo de urgencia. Estaba agotado de responder a las interminables preguntas de mi hijo de seis años. Me desesperé y no soporté más esa avalancha de cuestionamientos sobre todo lo imaginable y lo impensado. Agarré el teléfono y le describí con lujo de detalles la situación.
Tan pronto despierta, empieza su interrogatorio filosófico: “Papá, ¿en qué año fue la Primera Guerra Mundial? ¿Por qué Rusia quiere invadir a Ucrania? ¿Qué es un mito? Si un cometa choca con la Tierra, ¿a dónde vamos a ir? ¿Cuál es la diferencia entre un cometa, un meteorito y un asteroide? …Papá, ¿qué diferencia hay entre los espaguetis y los tallarines?”. Y así sigue, desde la mañana hasta que se lava los dientes antes de dormir.
En muchas respuestas, recurro a conocimientos previos, recordando conceptos, ideas, experiencias y emociones para ofrecerle una respuesta cercana a la realidad. Por ejemplo, cuando me preguntó sobre las pastas, empecé con lo obvio: la forma. Luego le dije que prefiero los espaguetis, pero no profundicé en el porqué, ya que ni siquiera lo tengo claro.
Ahora, ¿quién como padre tiene claras las causas del conflicto entre rusos y ucranianos? Uno pensaría que sí, que está clara la información, pero, ante preguntas inesperadas, la cosa se complica. Porque si supiera que voy a un concurso en televisión, me prepararía y estudiaría casos de la actualidad. Pero aquí, el preguntón ni me dará dinero ni lo hará por un periodo corto de tiempo. ¡Es todos los días y a toda hora!
Hace semanas, él me decía que no había logrado encontrar con su telescopio las galaxias del Cigarro, la M87 y la del Sombrero. No le presté mucha atención cuando me pedía ayuda; lo ignoraba, pensando que era otra de esas ideas extrañas que saca de sus videos raros de YouTube. Pero, ¡qué sorpresa me llevé este fin de semana! Se me ocurrió buscar esos nombres en Google y descubrí que todas existen. ¡Existen!
El sábado, vio la puerta de la casa abierta y sacó el telescopio por su cuenta. Yo lo seguí y me convertí en su ayudante. Me dijo que iba a buscar las galaxias. Apuntó el lente, y segundos después exclamó: “¡Encontré la del Sombrero!”. Yo celebré y atiné a decirle: “¡Maravilloso!”. Luego giró el telescopio hacia otra dirección y volvió a tener éxito. Al final de la noche, terminamos celebrando el hallazgo de seis galaxias, dos planetas y una estrella fugaz.
Con ese ejercicio de astronomía me di cuenta de que disfruto sus preguntas. Aunque a veces me desesperen, soy feliz explorando el alma curiosa de un niño, lo que me hace recordar al que yo fui alguna vez. En este tejido de palabras con mi hijo volví a confirmar que la imaginación es fundamental en su formación. Así que no necesité llamar al sicólogo. Lo resolví escuchándolo con paciencia y con mucha creatividad.
- Temas relacionados :
