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Dar la vida

Óscar Piedrahíta

lunes, 11 mayo 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Las madres somos el medio a través del cual la humanidad continúa como especie… Sin el precioso don de la maternidad, no vendrían nuevas personas a este mundo, lo que generaría la terminación de la raza humana en el planeta. 

El valor de la madre por dar la vida biológica es incalculable. Dan vida… 

Primero, al entregar de sus células, su sangre, huesos y esencia más profunda para construir, en un misterio magnífico y precioso, una nueva existencia. El momento de la concepción es mucho más que un milagro… la fusión infinitesimal de 2 potencias supremas… la energía masculina —emprendedora, aguerrida, valerosa y osada— con la femenina —paciente, esperanzadora, dulce y tranquila—. De entre millones de posibilidades, se concreta una, que desde el primer segundo contiene toda la información genética necesaria para la consolidación de un nuevo humano: perfecto, con un alto número de órganos y sistemas funcionando en armonía, inteligente, con capacidades incalculables… Todo eso significa dar la vida, biológicamente hablando. 

Segundo, al donar su tiempo en el proceso de embarazo. La ‘dulce espera’ es la mayor muestra de abnegación femenina. Sobrellevar las dificultades propias de un organismo que alberga a otro, aguantar los malestares y la ansiedad que producen los incontables pensamientos: ¿Será niño o niña? ¿Vendrá completo? ¿Estará sano? ¿Cómo serán su rostro, sus ojos? Son horas extensas, de incertidumbre combinada con gozo y temor matizado por la alegría.

Tercero, al entregar incondicionalmente todos los minutos al cuidado del hijo. Un bebé demanda muchísima atención, disposición, incluso facultades adivinatorias, pues hasta que desarrolla el lenguaje, solo la intuición y percepción de la madre sirven como guía, para identificar los motivos del llanto y de la enfermedad, cuando ella se presenta.

Cuarto, al dar educación, valores y espiritualidad. Somos las madres, las primeras educadoras, desde acompañar en el desarrollo de los hábitos existenciales, hasta forjar un carácter recto, íntegro, mediado por el respeto, la tolerancia y la justicia. Conducimos el comportamiento, puliéndolo con buenas costumbres, ayudamos a depurar el lenguaje, incentivando buenas palabras… Formamos al hijo, responsabilidad suprema en la que luego recibimos el apoyo de la escuela.

Quinto, dando amor, a manos llenas, sin límites, sin talanqueras… Porque la vida y el amor son 2 esencias poderosas que se conjugan. Todo esto significa ser madre… Todo esto es, dar la vida.


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