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Calarcá rota

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 1 mayo 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

El pasado de Calarcá —sus escritores, civismo, colegios, líderes, cafetales— parece una fotografía desleída y rota. 

Alister Ramírez Márquez, escritor y amigo, vinculado con el corregimiento de Barcelona, me pregunta desde lejos qué pasa con el pueblo, y poco hay para responder: solo repetir lo mismo que escribo hace 10, 20 años, y que se vuelve la cantinela de cada 8 días: el derrumbe ético de Colombia, la tergiversación conceptual y práctica de lo público y, en especial, la sumisión de una sociedad civil que es un remedo y una ficción de comunidad digna.

Sería fácil decir que los políticos y los contratistas —la otra cara de la infamia—  se tomaron hasta la COVID-19, pero no vale la pena remarcar el lugar común.  Solo aspirar a que, en el caso de la suspensión del alcalde Luis Alberto Balsero, haya justicia y debido proceso.

No me parece pertinente solo echarle el agua sucia a un alcalde, así tenga una responsabilidad legal. Creo que la carga de la prueba, el peso de los actos colectivos, reside en un grupo humano que se porta como un rebaño inmune. ¿Además de las rasgadas habituales de vestiduras, quién llama a los ciudadanos en esta crisis, o en una pasada, para impedir que siga ocurriendo lo mismo? 

Voy a poner varios ejemplos de mi reiteración con Calarcá. Hubo un alcalde, en el caso del derrumbe ético y de la vulneración de lo público, que pensó su elección como la transmisión de los bienes públicos a su bolsa personal. Quiso vender la casa de la cultura, el parque Alto del Río e imaginó que podía rematar el patrimonio colectivo. 

El concejo, que algunas veces ha sido una vergüenza para todos, en esa oportunidad se opuso y se salvaron las propiedades. Ese alcalde se autocelebraba los cumpleaños para imponer a los funcionarios un besamanos, y su señora se vestía de emperatriz.

Ese alcalde oraba, sin parar, por la humildad de sus conciudadanos. Otro alcalde, mientras abría cuentas bancarias en el exterior con sus amigotes, hacía largas fiestas con prostitutas en un club social y allí subastaba los contratos del municipio.

Nada podrá detener la intromisión de intereses personales en el presupuesto público, en tanto ocurra lo que ya sabemos con la educación y la cultura del municipio: las instituciones educativas son de pésima calidad, con excepciones, y la cultura, su gestión, a veces es un intercambio de favores entre grupúsculos oficiales, sin capacidad de disentir o crear. 

Y nada podrá contener esta debacle si los ciudadanos callamos los abusos de los gobernantes. 

La pobreza en el municipio, en muchos ámbitos, obstaculiza la construcción de ciudadanías deliberantes. El abandono que sufren nuestras veredas, y el mismo Barcelona, es un estigma que ata a las comunidades. 

Calarcá está rota, y nuestro paisaje humano es deprimente para configurar emprendimientos privados o para liderar procesos culturales y sociales.

 


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