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Banderas rojas

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 17 abril 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Por estos días una exdefensora del Pueblo, y excandidata a reina de villa cuyabra, sin piedad para sus conciudadanos, vende a $20.000 el frasco de alcohol, a domicilio, cuando su valor comercial es de $8.000. Un alto oficial de Colombia, compra para el Ejército tapabocas especiales a $45.000, cuando en el mercado valen a $15.000. 

Un gobernador, a su vez, mete en una remesa latas de atún a más de $20.000, cuando ya sabemos cuánto valen en cualquier supermercado. Un alcalde, de cualquier entidad territorial, mientras las banderas rojas son izadas en muchos barrios para reclamar comida, juega como impúber en las redes sociales a convertirse en un banal influencer, y se desentiende de preparar su ciudad para el advenimiento de las fases duras de la pandemia. 

Un presidente, de un trágico país latinoamericano, en vez de modificar la ley 100 para emplear con dignidad a las enfermeras y a los médicos, emite un decreto para obligarlos a atender a los pacientes contagiados sin las mínimas medidas de bioseguridad. 

Y otro presidente de una nación poderosa dice que la economía está primero que la vida, y sus conciudadanos mueren por millares frente a sus ojos impasibles, mientras él escupe cortinas de humo contra la prensa y la Organización Mundial de la Salud. 

 ¿Qué tienen en común los actos de estos crueles dirigentes y qué los mueve a todos por igual?

Todos son hijos de un planeta moribundo y nietos de una globalización que al menos, después de esta neumonía mortal, caerá en suspensión e hibernará mientras encontramos un camino alterno al capitalismo salvaje y un cruce lejano, distante, para trascender el fracasado socialismo del siglo veintiuno.

Todos son descendientes de la doctrina comercial de la competitividad, de la trampa del desarrollo sostenible, de la libertad azufrada de los mercados y de un modelo irracional de convivencia. Juntos creen en el dogma del capitalismo y en el sueño americano.

Creen que el consumo radical no se puede parar, que los carros en New York o en Armenia no es posible detenerlos y que la naturaleza, ese organismo vivo que nos habla todos los días, es un recipiente infinito de sus torpezas y basuras.

Ninguno de ellos ha leído, ni leerá, La caverna, de José Saramago, esa novela que retrata la inmisericordia de las lógicas seriales. Y tampoco pasarán las páginas, analfabetos funcionales de la belleza y la ética, del Ensayo sobre la ceguera, donde ya nos contaba el mismo autor portugués de los virus que nos rondan y que pueden inventar cuarentenas para el alma.

No podrán ver el rojo de las banderas izadas en miles de barrios marginados de nuestro país, como enseña de hambre y necesidad. Pensarán que aún se puede esperar un siglo o un mes más para proveer alimento a esas familias. Dirán, de pronto, que quién manda a los vagos de turno a no estar en las listas del Gobierno o que quién los manda, pobrecitos, a no ahorrar para una calamidad como la actual.

“Ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”, dijo Saramago.

 


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