No entiende uno por qué el Viejo Caldas se rompió en tres pedazos, en mil, en los egos de nuestros dirigentes. Un vagón de tren, oxidado y simbólico, espera en las entradas de las tres ciudades, inmóvil, como recordando para todos lo inútiles que son las fronteras establecidas, ahora refrendadas con costosos peajes que nos separan.
Las fotos, también, nos recuerdan cuando éramos una familia grande. Miro la imagen de la tatarabuela Pastora, de Salamina, ancha y fuerte, vestida de negro, con un saco de rombos, de cabeza pequeña, y un ventarrón poderoso me lleva a otros recuerdos.
Cuando las familias llegaban de Sonsón, de Antioquia, ya entregadas a Felipe Villegas las 120.000 hectáreas en concesión y cómo, a pesar del despojo anticipado, de nacer con una deuda que no se había contraído, hombres y mujeres en el siglo diecinueve vinieron a comprar con un puñado de oro, a colonizar, un trozo de sueño.
La bisabuela Adelaida dice, en su agonía en Calarcá, que necesita un tabaco para atravesar su camino oscuro. La lumbre que acompañó a una mujer menuda, de manos pequeñas, decidida, para hacer jardineras en su Salamina del alma, en su San Félix de ovejos quedados en la pendiente de la memoria. Ella no temía morir porque había venido a Calarcá, dejando atrás la neblina, a sembrar una semilla de carácter y templanza.
Cuando murió madre Adelaida, encogida en sus recuerdos, el Quindío y Risaralda se le rebelaron a un padre vanidoso, excluyente, Caldas, que para nada miraba hacia sus lados y bajos. Luego, los caciques de los tres departamentos, engolosinados en sus metros cuadrados de poder, dejaron que un mar vegetal nos inundara de distancia. Juntos, pero no revueltos. Empequeñecidos por un modelo de desarrollo que nos aísla y nos convierte, a todos, en verdugos de la naturaleza.
En San Félix, por ejemplo, las multinacionales ya empiezan a asediar la palma de cera, para sembrar el aguacate hass, el nuevo dorado de los extranjeros. Las montañas, taladradas por la voluntad de nuestros bisabuelos y la persistencia de las mujeres, ya tienen las heridas perpetradas por un colonizador irresponsable, quien se apropia del agua y de nuestros vegetales nativos.
La imagen de la abuela Marina, de pelo cano y bata de botones grandes, de risa suelta, y la bondad de Cecilia, en la foto, evidencian otra época, y un respeto evidente frente a la autoridad de los mayores. Ellas no convienen con las audacias de los jóvenes.
Mostraba la abuela Marina con su vida, y con el porte de su cigarrillo sin filtro, que vino al Quindío a construir un departamento que no tuviera las mañas de quienes despojaron a los nuevos colonizadores.
Lloraba la abuela sobre los féretros de los muertos de Pijao, y escondía su dolor en un mutismo lacerante, a contraluz de la violencia de 1948. Pájaros y bandidos mutilaban cualquier ilusión por esos años. Ella, silenciosa y poderosa, desplegaba sus brazos para proteger la vida que aún quedaba.
¿Cómo reconstruir los vínculos que aún persisten por la misma naturaleza y por la fraternidad entre los tres departamentos?
Un tren veloz para los tres, un proyecto cultural común y el ímpetu para recuperar, juntos, los lugares donde fuimos fundados, los centros de las capitales, podrían unir a nuestras universidades y a nuestros gobernantes.
Pensarnos entrelazados para convivir, no solo para producir o competir como les gusta a ciertos mercaderes.
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