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Re-evolución cultural para Armenia II

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 21 febrero 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Alguien me escribe para preguntarme qué es esa vaina de la re-evolución cultural y por qué mis escritos, la mayoría de las veces, discrepan de casi todo. Magnífica oportunidad me confiere la corresponsal.

Esta región fue fundada por aventureros que venían de Antioquia y por desplazados por el hambre y la violencia, que traían sus bolsas vacías desde Cundinamarca y Boyacá. 

Ese primer embate fundacional, que ocupó territorios baldíos y concesionados a terratenientes o familias, como se puede leer en la novela Guayacanal de William Ospina —una bella y apasionante descripción del paisaje inicial y de nuestras influencias—, nos construyó desde varias perspectivas culturales, aunque con una verdad oficial: somos descendientes, según el poder político y social, en exclusiva, de Antioquia. 

Esa inicial fractura de nuestras identidades y el afán de hacerla única y endogámica, causó una primera fragmentación, aún no investigada ni conversada en abundancia. Una incisión que luego se profundizaría, cuando con la reconstrucción de 1999, después del sismo, nos dimos a la tarea de alentar las divisiones existentes.

Si miramos bien muchos de los habitantes de la periferia de Armenia y de los municipios del Quindío, o eran los más pobres, los marginados del poder seudo aristocrático prevalente, o venidos de otras partes en búsqueda de oportunidades de vivienda o empleo. Cazadores de oportunidades de otros departamentos, que pudieron hacerse a una casa o a un sueño en barrios nuevos de La Tebaida, Montenegro, Armenia o de Calarcá.

Esa posterior fragmentación social y cultural, nos ha separado: esas comunidades bullen con sus sueños y definen ahora, con su voto, el desmadre político de los recientes años. Los políticos, abusando de la pobreza de algunas comunidades, compran votos y conciencias, mientras trinan que ellos hacen el cambio.

La re-evolución cultural parte de repensarnos desde la educación y la cultura. Servicios educativos y culturales que generen equidad social, y redimensión del modelo urbanístico de Armenia. No se puede caminar hacia el abismo, como Bogotá o Medellín, sin detenerse a evaluar que el incremento de vehículos particulares y de motocicletas, y sus combustibles, nos llevan a la inmovilidad, mientras los gremios económicos, con su palabrería tecnocrática, nos ponen de frente a un infierno. El infierno de las ciudades colapsadas. 

Lo menos importante de esa re-evolución es la creación de una secretaría de Cultura para el municipio, porque lo clave está en reconfigurar los currículos educativos, reorientar el papel social y cultural de las universidades, la pública y las privadas, propender otras inversiones sociales de los empresarios y de las cajas de compensación y volver a conversar, juntos, con el territorio y con nuestra espacialidad. Hablar a los ojos a la naturaleza, conjugarnos de nuevo con ella, con una fertilidad y un paisaje que estamos arrasando.

Nos pusimos de espaldas a la naturaleza para poder explotarla, y ahí fue Troya. Nos encogimos, como el mapa del Quindío, y empezamos a pensar en pequeño, condicionados por el entorno y por los egos interesados de nuestros dirigentes. La belleza del paisaje, su sosiego, nos condiciona a embotellarnos en frascos diminutos de emoción.

El actual modelo de desarrollo, motorizado y depredador, impuesto por los políticos tradicionales y por algunos gremios económicos, pidiendo inversiones al infinito para la competitividad, nos destruye.

Educar para la construcción de ideas comunes y para la argumentación y la crítica, eso sí nos haría competentes para la vida en comunidad.


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