De niño pensaba que la historia era como nos la expresaban. Simón Bolívar era un héroe y Santander un tipo ladino que inventaba leyes para mantener el poder y meternos en un mundo de reglas de ficción: origen de la impunidad creciente en las aurículas del Sagrado Corazón de Jesús.
Nunca he podido saber quién era de verdad Soledad Román, la esposa de Rafael Núñez, pero a él sí lo intuyo en la Constitución de 1886: hombre arrodillado a la iglesia católica, que nos embarcó en un Estado confesional y en el apego a una composición casi patética: nuestro himno nacional, ese bodrio que suena a gloria en el exterior y que nos repele a muchos por su letra insulsa.
El engaño que comporta la historia oficial, contada por los vencedores, necesita de otros relatos que nos digan que nada es cierto cuando ya pasó. Esa rebelión frente a la mentira sin vergüenza, tiene su contraparte en la literatura. La mentira se combate con imaginación y estética, y así lo prueba en su novela Los dormidos y los muertos, Gustavo López, publicada por Rey Naranjo Editores
Cuenta la vida del barbero Deogracias Almanza, nacido en 1900, en Pamplona, Santander, y su relación patriarcal con su esposa e hijos, como su adicción a Laureano Gómez, al Monstruo, ese señor que nos gobernó durante decenios por interpuestas personas, y que murió el 13 de julio de 1965. Al mismo tiempo, Gustavo López nos traza la historia de la Manizales de este tiempo, de esa ciudad que simuló durante años ser la sucursal de España y, además, que fungió como núcleo de la godarria más excelsa.
Es el relato, minucioso y bello a la vez, de la existencia de Adelaida, modista y esposa de Deogracias, quien con sus silencios y partos repetidos, obligados, narra la sumisión y el escarnio diario a que se veía sometida por cuenta de un sujeto que se pensaba su dueño, mientras cantaba arias o escuchaba los gangosos discursos de su jefe político.
Narra el autor la vida de Laureano y su relación con el país. A los 20 años, orador de la bienvenida a los jesuitas, a los 22 parlamentario, a los 32 destituyó a un primer mandatario, a los 36 fue ministro, y a los 60 años, candidato único, fue elegido por un poco más de un millón de votos presidente de la República. En su gobierno hubo 51.931 muertes violentas, y se le recuerda, por fuera de los anales institucionales, como un hombre sin compasión.
Relata, con una erudición formidable y con un lenguaje elaborado y a veces irónico, la época del alzamiento en armas de los jóvenes, estudiantes e intelectuales, de los años sesenta. Dice sobre la conformación de las células camilistas y elenistas, y cómo el dogma, el principio inmisericorde del brazo del comunismo armado, se tomó a destajo las conciencias despiertas pero ingenuas de los muchachos de ese tiempo.
Finaliza la novela con la muerte de León, el hermano de Eccehomo, hijo de Deogracias y Adelaida, metáfora de diversos significados: el fracaso que significa la lucha armada y el sainete que terminan siendo las utopías totalizadoras.
Leí, maravillado y estupefacto, la novela sobre la familia Almanza, y su principio y fin bien nos representan o nos simbolizan, al recrearnos, como región diversa.
Bella novela: indispensable para saber porqué somos así.
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