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¿Para qué la biblioteca departamental?

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 24 enero 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Cuentan que en medio de sus desasosiegos, Virginia Wolf, la escritora británica y feminista, caminaba altiva y bella las calles de Londres, y visitaba bibliotecas para, como decía ella misma, hundirse en ellas y saquearlas. Eran sus oasis de serenidad y reposo. 

Las bibliotecas son indicadores del estado del alma de un pueblo y, hoy en día, determinan y vuelven explícito muy bien qué tanto respeto profesamos por el pasado, por la historia, qué sociedad queremos y cómo deseamos vivir un presente agobiante, más por la información que por el conocimiento y más por el bullicio que por la compañía de otros seres humanos.

Ray Bradbury, al abordar el significado de las bibliotecas decía: “¿Qué tenemos sin bibliotecas? No tenemos pasado y no tenemos futuro”.

En el departamento del Quindío, según lo manifestó el secretario de cultura Jorge Iván Espinosa, van a propender, con el gobernador Roberto Jairo Jaramillo Cárdenas, la construcción y puesta en funcionamiento de un teatro y, en lo posible, de una biblioteca pública. Ideas importantes, prioritarias, para desatascar los procesos culturales, su precariedad, en términos de infraestructura física.

La exgobernadora Sandra Paola Hurtado, quien se opuso a la creación de la biblioteca pública departamental, decía que en la internet ya se encontraba todo. No entendía ella, y no lo entenderá de seguro, que una biblioteca en estos tiempos es como hallar agua en el desierto inhóspito.

En una biblioteca se juntan visiones de mundo, estéticas, ideas, hallazgos del conocimiento, y personas que llegan a encontrarse con los libros, sí, y al mismo tiempo un bibliotecario, y las evidencias de otras expresiones del arte. 

Una biblioteca, más que un depósito o un cementerio de libros, es un centro cultural que nos motiva y protege, y tiene la bondad, cuando es conducida con afecto y conocimiento, de salir a la calle a buscar el insomnio o el asombro o la perplejidad de los lectores. Es la metáfora de un ser vivo de enormes sensibilidades y oportunidades.

En Pereira, que nos tomó ventaja entre otras cosas por su notable inversión pública en cultura, la biblioteca pública municipal Ramón Correa Mejía, ha tenido por épocas un horario de veinticuatro horas de apertura de sus servicios básicos, y ha promovido la inclusión social, y allí las personas sordas, casi siempre, han contado con un intérprete para guiarlos, y tiene una sala dotada de tecnología para personas ciegas y sordas, en alianza con Inci y el Insor.

Las bibliotecas cambiaron su razón de ser. Desde allí se puede transformar la realidad, a través del conocimiento, obvio, pero en especial por los procesos culturales y sociales que se pueden impulsar. La ley 1379 del 15 de enero de 2010, además de ordenar la configuración de esas bibliotecas públicas, contextualiza sus funciones y misiones.

La biblioteca departamental, su creación, debe ser una oportunidad para pensar en grande y en un proyecto común, que integre a todas las áreas artísticas, si se concibe como una alternativa para solucionar problemas espaciales para las organizaciones civiles y culturales.

Una misión primordial de la biblioteca pública departamental, que podría ser construida con regalías y con el apoyo de algún país amigo, es la custodia y preservación del patrimonio literario y documental del Quindío. 

Un patrimonio, claro, que debe dar cuenta de nuestras múltiples identidades.


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