A Ronald Reagan, actor de westerns y cintas bélicas, mediando el siglo anterior; décadas después gobernador de California y presidente de Estados Unidos por el Partido Republicano, cargo que desempeñó con brillo aplicando principios económicos liberales y confrontando con firmeza la contraparte geopolítica de entonces, la Urss, en la antesala de su sorpresiva e histórica disolución, se le atribuye el aserto, de agudeza e ironía admirables: “Es comunista quien leyó El Capital; es anticomunista quien lo entendió”.
A siglo y medio de su divulgación, la obra más conocida de Karl Marx, concebida dentro del marco de la dialéctica hegeliana revisada por aquel, como estudio crítico de la economía política —capitalismo incipiente—, previamente expuesta por Adam Smith y David Ricardo, ambos ingleses, analistas de la revolución industrial, ya en marcha entonces, continúa suscitando temporales conceptuales, condenas, revisiones, reformulaciones, adaptaciones, por parte de prosélitos y contradictores en la redondez del globo.
Excediendo su pretendido e inicial alcance, en varias latitudes se adoptó el texto del teórico alemán como fórmula de una revolución, de un nuevo orden económico orbital con obvias implicaciones políticas, incluso filosóficas, que aún hoy amenazan la soñada estabilidad fundada en principios liberales.
Pienso en ello a tiempo con vividas evocaciones de iniciales años setenta, cuando las aulas de universidades colombianas hervían en entusiasmo por una nueva generación de docentes imbuidos de teoría marxista-leninista, por la consolidación contra viento y marea de la revolución cubana, de las nacientes potencias, Urss y la China maoísta, de las guerrillas rurales o urbanas en América Latina, del parvulario comunista en la naciente África libre, de la trunca y luctuosa llegada al poder de Allende, en Chile; la pugna Juco-Jupa, PCC-Moir, cada bando con caracterizados líderes esgrimiendo el libro rojo de hermosa edición, o las publicaciones del patronato soviético, las encendidas proclamas de apoyo del boom literario continental… En el aula máxima de la Inca, única universidad declaradamente marxista, Jaime Quijano Caballero deslumbraba primíparos con su altisonancia teatral; tres cursos de El Capital, sendos de materialismo dialéctico e histórico… adoctrinamiento pagado por nuestras pequeñoburguesas familias…
Pronto, sin embargo, una sucesión de hechos monstruosos se encargó de traer el mundo a su realidad, derribando naipes: la comprobación del genocidio stalinista, superando en número de víctimas y en métodos de exterminio a la Alemania de Hitler, quien de paso denominaba “socialista” a su partido, las hambrunas chinas con millones de cadáveres en su haber, el paredón castro-guevarista, el caos chileno a manos de Allende, las guerrillas suramericanas en retirada o tornadas en delincuencia mafiosa, la Urss caída a pedazos, los chinos renegando de la hoz y el martillo, los del boom de regreso a la razón con sus alforjas llenas.
De fracaso en fracaso, no obstante, el fantasma del comunismo continúa negándonos el sueño de un mundo libre y próspero.
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