Armenia es un sueño de ciudad, literalmente. No solo por la belleza geográfica, la perfección de su temperatura y la calidez de sus habitantes, sino por las inmensas potencialidades, que siguen estando allí, como una promesa que puede cumplirse, con las acciones adecuadas desde la concepción y planeación del desarrollo.
¿Cuál sería la Armenia soñada?
Primero, una ciudad segura. La gran sombra que se cierne sobre nosotros es la pérdida de la tranquilidad. El incremento en algunos índices de delincuencia, la muerte violenta, la expansión de la venta y consumo de estupefacientes, son una amenaza compleja que debe ser neutralizada desde la autoridad.
Requerimos —propios y visitantes—, poder transitar por la ciudad, caminar disfrutando de su brisa e ir por las calles sin miedo.
Segundo, un territorio ambientalmente sostenible. Dos cosas para enfocar la atención y el cuidado: agua y aire. Urge un saneamiento integral y duradero de las fuentes hídricas. Hay contaminación en las quebradas y debe eliminarse de forma urgente, para que lleven la vida y la transparencia, no la muerte y los desechos. También debe atenderse lo relacionado con el aire… preservar la pureza, controlar emisiones de gases, analizar con visión de futuro el impacto de un parque automotor creciente en la calidad de nuestra respiración. Este es un lugar pequeño y debemos preservar el bienestar.
Tercero, un espacio ordenado urbanísticamente. Hemos tenido avances en los últimos años a nivel vial, en obras de infraestructura y en planificación, sin embargo, Armenia se está viendo embotellada, compleja, intransitable… El tránsito está siendo caótico y ello baja nivel en la calidad de vida y en la competitividad.
Cuarto, una ciudad amable. Ese proyecto nacional, que nos ha dejado obras tan importantes, más que un lema debe ser un estilo de vida que podamos consolidar como manera de ser de la cultura. Gentileza, cordialidad en las formas de relación, armonía en la comunicación, respeto, tolerancia, excelente convivencia…
Quinto, Un espacio con oportunidades para todos, en especial para los jóvenes. La inclusión social no está en el espacio físico y su transitabilidad – aunque es relevante –. Tiene más que ver con la posibilidad de vivir en un lugar que permita satisfacer las necesidades personales y familiares, desplegar el talento, construir economía, prosperar y en general, crecer en todos los sentidos. Se requieren fuentes de empleo – distintas o por lo menos, complementarias de la burocracia oficial –, iniciativas que proyecten a la ciudad por algo más que su belleza. Urge que los nuevos gobernantes, piensen en algo que funcione, para que el desempleo y subempleo sean controlados y podamos brindar alternativas a la población.
Todo lo dicho es parte de un sueño posible, real, alcanzable, construible de forma compartida y colectiva… Ojalá nos enfoquemos hacia él.
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