Hace mucho rato en América Latina las iglesias evangélicas —las de bodega, las de garaje y las piadosas también, denominadas instituciones religiosas neopentecostales— se han convertido, además de emporios económicos, aglutinados por el disciplinado diezmo, en fortines comunitarios y políticos que redirigen el sentido colectivo de la sociedad.
Poco a poco, y con el derrumbe paulatino de la credibilidad de la iglesia Católica, que también intoxicó el debate público con su intromisión y dominio, los evangélicos marcan las agendas públicas y distorsionan las decisiones de la ciudadanía.
En Guatemala, por ejemplo, un predicador como Jimmy Morales, fue elegido presidente de la República y su agenda, retrógrada, basada en la restauración de principios morales ya perdidos, en retroceso de derechos de las minorías, hace parte de ese movimiento contra reformista que pretende volver el mundo al estado original, cuando el pecado se pagaba con la lapidación.
En Estados Unidos ya sabemos la estrecha relación de los evangélicos, de sus iglesias, con el ala derechista del partido republicano y, obvio, con lo más oscuro de esa sociedad.
Bajo el precepto de las iglesias revivalistas, las confesiones protestantes, con sus colectas en apoyo a Israel, y su odio visceral contra los musulmanes, atizan el conflicto en Medio Oriente de una manera directa y perversa.
El auge de las iglesias evangélicas, como mediadoras sociales y políticas, es un plan concebido y ejecutado al detalle, con el objeto de mantener encerradas las ovejas en el redil de sus necesidades y prejuicios. Lo ocurrido en Brasil, con la elección de Jair Bolsonaro, impulsado por los evangélicos, es la muestra fehaciente del poder transnacional de una idea que permea la cotidianidad en América Latina.
Nadie puede olvidar que en Colombia, cuando se impulsó el plebiscito por la paz, desde las iglesias evangélicas, con pastores fletados para esa cruzada, se difundieron mentiras alrededor del acuerdo de paz, tales como la ideología de género o que había un pacto secreto para convertir en un Estado gay a Colombia, como si eso fuera un fin en sí mismo del convenio.
En el Quindío acaba de ocurrir un desliz político, una transacción, que todo el mundo sabe pero que casi nadie menciona.
El movimiento político Mira, en donde militan los integrantes de la iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, adhirió, bajo el falso postulado de lo programático, a una serie de campañas locales.
Difieren los montos de las transacciones políticas hechas, en votos y piadosos feligreses, pero bien se sabe que desde Bogotá se ordenaron los apoyos de acuerdo con el mejor postor en cada localidad y en el departamento. ¿Cuántas almas se transaron en este acuerdo entre los políticos y los enviados del Espíritu Santo?
En Bogotá, el aparataje cristiano se mueve, al unísono, contra la mujer lesbiana que intenta horadar su doble moral. Pastores se alzaron en pie de lucha contra el anticristo que simboliza Claudia López. En el Quindío, sin más opciones que una mera transacción de caja, de la registradora de fieles, el partido político Mira condiciona, con oraciones envenenadas, el proceso electoral.
¿Dejaremos los quindianos que los politiqueros y corruptos de siempre nos manipulen y que los pastores los ayuden desde sus púlpitos?
Yo creo que sí. Somos las estúpidas ovejas de un rebaño que masacran todos los días. Somos una sociedad anquilosada por la sumisión.
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