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Los contrasentidos de Petro

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 9 agosto 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

A muchos colombianos, desde hace tiempo, no nos gusta la mutación, monolítica y pétrea, de la personalidad de Gustavo Petro, el líder de la Colombia Humana. 

Vimos, después de su excepcional campaña a la presidencia, cómo desató su furia contra Sergio Fajardo, el sinuoso, banal y acomodado ex candidato, a quien acusó en malos términos de entregarle la victoria al Centro Democrático. Y en mucho tuvo razón Petro, en especial cuando señaló al centrista de no serlo, y de mantenerse del lado de los poderosos de Antioquia: la derecha disfrazada de una peculiar tibieza.

No atrae para nada que Petro deje en la cuneta a la valerosa Claudia López, en su aspiración a la Alcaldía de Bogotá, en particular cuando la líder del Partido Verde, a contrapelo de sus diferencias, lo acompañó en la segunda vuelta presidencial, en un ejercicio personal de desapego político. 

Decir Petro, por ejemplo, que sus distancias programáticas residen en el metro elevado, aceptado por López en una actitud pragmática, exhibe su naturaleza megalomaníaca, unilateral, por encima de los intereses de una ciudad que no resiste ni más estudios de factibilidad ni más dilaciones con esa obra.

Como decisión agregada, la postulación endogámica de Hollman Morris a la Alcaldía de Bogotá es una cachetada retadora a los movimientos feministas de Colombia, que intentan alejarse de las prácticas machistas y patriarcales de esta sociedad.

No puede gustar a la gente que haya convertido a la Colombia Humana, un movimiento de jóvenes y minorías, en un remedo de partido, como la “iglesia” de Uribe, donde las órdenes se escuchan y se obedecen, como si la modernidad no hubiera llegado a los partidos y movimientos políticos. Construir para sí un feudo es un contrasentido histórico, y lo acerca a la imagen de su antípoda.

Y lo peor para todos: no puede ser que Gustavo Petro haya mandado a su hijo Nicolás a disputar la Gobernación de Atlántico, como si fuera un político tradicional del siglo pasado, en procura de fundar una casa como la Pastrana, la López, la Lleras, la Gaviria, en fin, clanes que se consolidaron como sucesiones de intereses familiares. 

La izquierda de Colombia, tan dividida por sus propios dirigentes, tan golpeada por la lucha armada, ya fuera por su condición de perseguida por el Estado o por sus propios demonios, aquellos que justificaron sin reato alguno la combinación de las formas de lucha, sufre el desquiciamiento político de su máximo exponente, un hombre carismático e inteligente.

Los grupos paramilitares hacen mucho daño cuando asesinan a los líderes sociales; inmenso deterioro sufre la izquierda cuando las cúpulas militares o el Ministerio de Defensa encubren las tropelías de la derecha en su contra; mucha alevosía y mala leche existen en los voceros de la prensa nacional — María Isabel Rueda, Claudia Gurisatti, Luis Carlos Vélez, Mauricio Vargas, Vicky Dávila, Salud Hernández, Plinio Mendoza, en fin — para que en este trance Gustavo Petro vaya en contravía del ideal de democratización interna de los partidos.

Así como nunca podemos comprender el odio y el deseo de venganza que motivan las decisiones de algunos líderes colombianos, o la inquina o encono de muchos comunicadores del Establecimiento, no se entiende que Petro, por su personalismo, destruya una alternativa de expresión popular.

Petro, con pesar de sus adláteres, se convierte en enemigo de sí mismo. 


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