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Calarcarinotas

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 3 julio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Escudado tras un falso perfil de Facebook, como suelen hacerlo sus similares, un hostil anónimo, me lo enrostraba en días recientes: usted es un “extranjero” acá y en el Quindío. Para mi gratuito malqueriente, casi tres décadas de residencia —por lo menos no destructiva— en estos predios bendecidos, obsequiados por natura, no son suficientes para optar por la ciudadanía calarqueña.

Bueno, abusando de la hospitalidad, este modesto foráneo, consigna de cuando en vez algunas notas referidas a la realidad local, con sentido crítico e independiente, tarea propia del columnista de prensa, apoyado en su particular percepción, presente el ánimo constructivo y despojado de prevenciones. Estar o no de acuerdo con opiniones ajenas es circunstancial; igual lo es repeler o no empatizar con nuestros congéneres, sin que ello haga válido agredir desde la oscuridad.

Culminó anteayer la conmemoración aniversaria sin cambios visibles en su ingeniería. Pobrísima actividad cultural, artística, de origen autóctono, invasión inclemente del espacio público, abuso de la nobleza animal en las trajinadas cabalgatas, estruendosa carga sonora, arrumes de basura; suciedad y fetidez en calles y espacios comunales, desborde etílico y de inseguridad, caos vehicular interno y en vías nacionales que tocan el casco urbano, con ingentes perjuicios para usuarios y transeúntes afectados, son hechos habituales de una semana de jolgorio, cuyo costo social no es despreciable ni compensa en mínima parte carencias básicas de nuestros sectores marginales. Por sentido infortunio, ningún mandatario municipal se ha atrevido a introducir drásticos y necesarios cambios —una total reingeniería— en las festividades del municipio, que privilegien la cultura, el intelecto, las manifestaciones del arte y la creatividad locales, reduzcan el cierre del espacio urbano central, reubicando eventos, integrando elementos constructivos subutilizados, como el coliseo cubierto y la plaza de ferias anexa, racionalizando asimismo el sentido y contenido del reinado del Café. Tal como se realiza en Calarcá, la conmemoración anual nos ubica en los rezagos de la premodernidad. No pudo ser con esta ni con anteriores administraciones; ojalá con la próxima. 

Otro aspecto del asunto, tratado en varias ocasiones en este espacio, es la relación equívoca de Calarcá con el sistema vial nacional. Haber servido durante un siglo como eje, como encrucijada o punto de convergencia de la troncal de occidente con vías regionales de la mayor importancia estratégica, tendría que ser parte de nuestra identidad local y debería forzar un trato preferente por parte del gobierno nacional al momento de decidir trazos y variantes del sistema a su paso por nuestra vecindad. Antes de construir las previsibles y forzosas nuevas vías hacia el Valle del Cauca y Armenia, Calarcá, por ejemplo, debería asegurar que las actuales variantes se conviertan, con todo su amoblamiento conexo de puentes vehiculares y peatonales, en avenidas de doble calzada, proyectadas como ejes de desarrollo e integración urbana. Los alcaldes anteriores no lo entendieron; ojalá el próximo sí. 


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