Cada libro invitado a poblar nuestras bibliotecas, pesada carga muerta en las mudanzas, lleva adherida la pequeña historia de su adquisición y no siempre lectura. Varios llegan al precario acopio en forma de obsequio con toque afectivo; los más, adquiridos en ferias callejeras; no pocos rescatados del abandono, de expulsiones decretadas por lectores remisos, o … Continuar leyendo
Cada libro invitado a poblar nuestras bibliotecas, pesada carga muerta en las mudanzas, lleva adherida la pequeña historia de su adquisición y no siempre lectura. Varios llegan al precario acopio en forma de obsequio con toque afectivo; los más, adquiridos en ferias callejeras; no pocos rescatados del abandono, de expulsiones decretadas por lectores remisos, o por parejas hartas de objetos inútiles. No faltan por suerte en mi caso y en mi casa, páginas amadas, compañeras desde la infancia, fuentes de conocimiento, sensibilidad, apreciación estética, literaria, formación de criterio; en fin, proveedoras de valor existencial.
A “La ciudad y los perros”, primera novela de Mario Vargas Llosa, detonante en la atmósfera literaria continental, de la reacción en cadena llamada luego, “boom latinoamericano”, apenas inaugurando la década de los sesenta, debo, entre efectos varios, el destino para mi primer viaje “mochilero”al exterior. Recién culminada la secundaria, propósito central al emprender la aventura, despuntando los años setenta, fue hacer presencia en las instalaciones del Colegio Militar Leoncio Prado, en Lima, escenario del relato; objetivo cumplido a satisfacción luego de una semana de emociones, combinando todas las formas de transporte terrestre, incluidos el grato paso por Ecuador, país que luego sería mi segunda patria, y una fugaz visita a Arica, extremo norte de Chile.
De veras, cuesta imaginar una vida humana desprovista del deleite e información que continúan ofreciendo libros y demás publicaciones -hoy día igualmente disponibles también en medio digital-, material audiovisual selecto, y viajes, exploraciones de cuerpo presente al más allá de límites auto impuestos. Coinciden en días recientes, a propósito del ahora difunto coloso literario, el hallazgo insólito en el estar de un alojamiento vial, de un ejemplar de “El sueño del Celta”, otra de sus admirables creaciones -biografía novelada de Roger Casement, diplomático del gobierno inglés y denunciante de atrocidades del colonialismo, en cuyo azaroso trasiego de varias décadas por cuatro continentes se reflejan las más aberrantes tragedias humanitarias del colonialismo y su posterior militancia nacionalista irlandesa que lo enfrentó a una condena a muerte-, leído en tres o cuatro sentadas, del cual me apropié para librarlo del bote de desechos; un forzoso cambio de domicilio, con el consiguiente volteo de libros y demás pertenencias durante tareas de reinstalación, en que alumbró aquel tomo invaluable, “El llamado de la tribu”, ensayo del mismo autor, reseñado por este columnista hace años para “El Espectador”, luego del feliz descubrimiento y lectura; finalmente, en luctuoso sincronismo, la sorpresiva y lamentada muerte del Nobel peruano, sin duda figura máxima del boom y miembro de la nómina cumbre de la literatura universal escrita en lengua castellana.
Al margen, y sin querer añadir leña a la extinguida hoguera, a la rivalidad intelectual entre dos genios de las letras, atizada desde la célebre trompada de Varguitas y el macondiano ojo colombino de García Márquez, me gustaría comprobar si, como ocurrió con la edición impresa de The New York Times, día siguiente al deceso del Nobel peruano, sus directores le dieron similar despliegue -casi media primera pagina y otra media interior- al fallecimiento de nuestro compatriota. Lloverán denuestos e improperios, pero en mi modesta y no autorizada opinión de flojo lector, considerada en conjunto, sopesadas cantidad, densidad, consistencia, y calidad artística, la obra intelectual, textual, poligráfica, de Mario Vargas Llosa, además de ser literalmente inabarcable, empequeñece a cualquier aspirante a contendor, en el universo literario hispanoamericano y peninsular.
- Temas relacionados :
