Querido estudiante, intento leerte sin desconfiar, pero no puedo.
Me asalta siempre la duda de que estoy conversando —intimando— con una máquina que has decidido utilizar para comunicarte conmigo, renunciando de esta manera al vínculo más precioso que podríamos tener para comprendernos: las palabras que nacen desde la creación humana.
Veo letras muertas, muletillas estorbosas, formas y repeticiones algorítmicas; encuentro expresiones que no acostumbras a utilizar, ideas que dudo mucho sean tuyas. Tu relato es perfecto cuando procede de tu relación con lo artificial, pero se vuelve imperfecto cuando no utilizas las máquinas.
La incertidumbre me embarga porque es difícil probar que no eres tú el que me habla, en cambio, siento que una inteligencia foránea me está diciendo algo coherente, lógico, exacto. Has optado por la inmediatez y decidiste no mostrarte irrepetible, equivocado y erróneo.
Preferiste, más bien, condenarte con una prosa encadenada, sí, aceitada, sí, pero sintética, carente de esas emociones genuinas que solo la mente humana puede generar. Decidiste no relacionarte directamente con el mundo, pero más aún, te entregaste a lo fugaz, dando con esto un paso hacia el ocultamiento de tu identidad. Y no es justo ni contigo mismo, ni conmigo.
Tu texto ha alcanzado la excelencia numérica —¡felicitaciones!— y al mismo tiempo ha dejado de abrazar la transformación real y la sensibilidad del tejido hecho texto. Pasaste la materia antes que encontrar la conciencia. Ganaste efectividad y perdiste lentitud. Renunciaste a esos dolores de cabeza por pensar, que a mí me parecen imprescindibles para vivir. En cambio a ti te parece bien sentir esa falsa levedad.
Más adelante, quizá, tu pensamiento se va a congelar y durará aletargado, distante, solitario, vago. Y no debería, ya que hay muchos colores en la vida para describir y combinar; es tu decisión, que por demás es respetable; aunque, eso no me quita a mí la oportunidad de decirte que entregarle tu voz —pensamientos, palabras, expresiones— a las máquinas conlleva un peligro profundo.
Y no quiero que pienses que todo es un desastre; ni mucho menos quiero cabalgar como un jinete del apocalipsis. No; por el contrario, quiero susurrarte estas palabras, dejarme ver libre, autónomo, queriendo advertirte para que no renuncies a tu humanidad, a tu vivir, a tu sentir.
¿Sabes una cosa? Yo también he usado esta inteligencia externa para encontrar apoyo; pero, al mismo tiempo quiero decirte que no he renunciado a lo que soy y a lo que me gusta. Sigo confiando en lo que puedo hacer y en mis capacidades.
Nos equivocamos en creer que todo debe estar orientado al resultado, al éxito… a llegar a la meta. ¡Craso error! Educar, educarte, debería pasar por emocionarse, vivir el placer del acertar y equivocarse durante el proceso. Así que deseo para ti, y también para mis colegas, que te equivoques más, me muestres más tus desaciertos y tus vacíos. Es allí en donde quiero estar contigo para ayudarte.
Compárteme tus textos, no lo de otra cosa. Solo quiero que la próxima vez me escribas con tu cerebro.
- Temas relacionados :
