Cuando era muy joven, prehistoria ya, pensaba que la cultura era una casa grande, a donde llegaba gente importante y elegante a ver pinturas y a escuchar conciertos, un asunto de eruditos que nada tenía que ver con mi origen campesino.
En ese tiempo, además de que se consideraba a la estética como un tema decorativo, los servicios culturales, los cursos, los talleres o los mismos pregrados o postgrados en artes, eran un fruto exótico, solo reservado para la degustación de gentes de la Capital y de grandes patrimonios.
De hecho, en algunas partes aún no se entiende que la cultura es un medio y un fin, un universo autónomo y relacional, que nos permite vivir en comunidad. Somos un amasijo de culturas, nervios y humores. También es un medio para construir nuevas sociedades: aglomeraciones pacíficas de pareceres.
Ya en los años ochenta, en Latinoamérica, cambió el marco conceptual de la cultura, que se amplió de las artes tradicionales y clásicas, a los modos de vida, a las expresiones de comunidades, como la gastronomía o los mismos juegos, en fin, se volvió inclusiva esa acepción, para darle cobertura a las creaciones y configuraciones humanas propias o dentro de un territorio.
Hace un tiempo, con algunas organizaciones culturales, intentamos perseverar en la idea de tener una casa Carmelina Soto en Armenia. Esa casa, a donde fuimos por el cariño de Álvaro y Martha, los queridos gestores de la Casa Museo Musical del Quindío, no pudo permanecer.
Tal vez, tal vez, digo hoy, pero resulta que los quindianos, casi todos, tenemos una tara, y me incluyo yo, claro, el más tarado: nos es difícil unirnos, por más que seamos creativos y buenas personas, si se quiere, buscar puntos de encuentro e intentar la comunión. Somos diestros, mucho, para dividirnos, para jugar a la piraña y para destruir y auto destruir empeños colectivos.
En Calarcá acaba de aparecer una juntanza entre organizaciones civiles y una librería, que instaló, y mañana inaugura, una Casa Encuentro. Es una idea chévere, y sobre todo nace al mismo tiempo que la obra de infraestructura y amoblamiento urbano, liderada por el alcalde de Calarcá, Sebastián Ramos, y por Joaquín Caicedo Mora, director de Planeación: Ciudad sobre letras.
En Casa Encuentro operarán, con sus servicios, la Fundación cultural Calarte, la Escuela de Danzas Meraki, la librería Amaranta y la empresa de curaduría y pedagogía Momra.
En su portafolio está su misión: “es una propuesta de trabajo cooperativo, basada en la creación, la educación, la gestión cultural y la innovación artística”.
Allí, en esa casa, el espíritu de Edelmira Rubiano Pabón estará animando las tertulias, los ensayos de música, y en especial la voluntad inquebrantable de consolidar la cultura en Calarcá como una alternativa para los niños y los jóvenes.
Si bien la Subsecretaría de Cultura, a cargo de Jesica Riveros, hace bien su tarea formativa y artística, el tejido social, representado en organizaciones civiles, se aglutina con el mismo fervor histórico que identifica a Calarcá.
Ubicada en la carrera 23, con número 39-56, Casa Encuentro abre una puerta inmensa a Ciudad sobre letras.
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