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La voz prestada del emperador

Mauricio Hernández

miércoles, 18 junio 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Imagina leer la historia del emperador Adriano escrita como si hubiera sido concebida por él mismo, con tal grado de intimidad y precisión que las palabras se sienten como el pulso de su memoria, como si cada frase fuese dictada al oído del lector desde el lecho de su muerte

Memorias de Adriano, la magistral obra de Marguerite Yourcenar, no es solo una biografía novelada: es un ejercicio literario que disuelve las fronteras entre historia y alma, entre documento y confidencia, entre realidad y ficción.

Yourcenar elige un gesto audaz: escribir en primera persona para desaparecer como autora. En sus propias palabras, buscó “evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive ella misma”, para que fuera Adriano quien hablara, pensara y muriera ante nuestros ojos. Y lo logra. Porque este emperador nos habla con una voz serena, lúcida y melancólica, cargada de una sabiduría que solo la cercanía de la muerte parece conceder: “He llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada”.

El libro avanza como una carta íntima dirigida a su sucesor, Marco Aurelio, y al mismo tiempo como un monólogo que escudriña los sentidos de la existencia, el poder, el placer, el amor, la política, la filosofía. Adriano no se exalta ni se justifica: razona, duda, evoca. Sus palabras tienen el peso de la experiencia y el ritmo de la contemplación. “Te ofrezco como correctivo un relato libre de ideas preconcebidas y principios abstractos extraídos de la experiencia de un solo hombre: yo mismo”.

La obra deslumbra por su hondura intelectual y por la sensualidad sobria con la que se narra la vida. Hay páginas memorables sobre el placer y el cuerpo como formas de conocimiento: “He soñado a veces con elaborar un sistema de conocimiento humano basado en lo erótico… una técnica al servicio del conocimiento de aquello que no es uno mismo”. Este emperador no separa el pensamiento del tacto, ni la filosofía del vino, ni el Estado del arte.

Incluso la muerte, siempre presente, es abordada con una belleza austera: “Como el viajero que navega entre las islas del Archipiélago… empiezo a percibir el perfil de mi muerte”. La ve venir sin temor, pero también sin esperanza ingenua. Y es precisamente en esa lucidez donde el libro alcanza su forma más conmovedora.

Memorias de Adriano es también una meditación sobre el poder, la ley y la fragilidad humana. “Tengo que confesar que creo poco en las leyes”, escribe, con el escepticismo de quien ha gobernado. Y sin embargo, en su deseo de un orden universal, anhela un mundo más amplio: “Yo hubiera querido que el Estado siguiera ampliándose, hasta llegar a ser el orden del mundo y de las cosas”.

Adriano vive en estas páginas con una fuerza que trasciende el tiempo. Y quizá por eso mismo, como él señaló en este libro, “vendrán otras Romas cuya fisonomía me cuesta concebir, pero que habré contribuido a formar”, desde las palabras.


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