En Colombia se dice que “los niños nacen con el pan debajo del brazo”, para señalar que vienen al mundo con una promesa de sustento y protección. Sin embargo, en el caso de la tecnología, ocurre lo contrario: los niños no nacen con la tecnología debajo del brazo, y asumir que sí lo hacen ha sido uno de los errores más persistentes —y cómodos— de nuestra era.
El filósofo y docente español Eduardo Infante lo expresa con claridad: el mito del nativo digital es “una coartada para la deserción adulta de su responsabilidad”. En un artículo reciente publicado en Retina, denuncia cómo padres, educadores e instituciones han renunciado a formar a las nuevas generaciones en el pensamiento digital, escudándose en la falacia de que, por haber crecido rodeados de pantallas, los jóvenes “ya saben”. Pero saber usar no es lo mismo que saber comprender.
La idea del “nativo digital” fue acuñada por Marc Prensky en 2001. Él afirmaba que los jóvenes nacidos en la era digital tenían una forma distinta de pensar y aprender, mientras los adultos eran “inmigrantes digitales” que intentaban adaptarse. Aunque la intención de Prensky era resaltar una brecha generacional, con el tiempo su idea fue simplificada y malinterpretada como sinónimo de competencia natural.
La OCDE, en su informe The Myth of the Digital Native, desmiente esta noción: no existe una relación directa entre la edad y la alfabetización digital. Muchos jóvenes saben manejar redes sociales o aplicaciones, pero no comprenden los algoritmos, no saben verificar la información que consumen, ni cómo proteger sus datos personales. Creer que nacen con la tecnología debajo del brazo es ignorar que necesitan guía, reflexión y educación crítica.
Y como profesores lo vemos a diario en las aulas: jóvenes que dominan los dispositivos pero no saben redactar un correo, discernir una fuente fiable o sostener una conversación argumentada en entornos digitales. Son, como diría Enrique Dans, huérfanos digitales: solos, desinformados y sin herramientas éticas o pedagógicas para navegar en un mundo cada vez más complejo.
La solución no pasa por negar que las nuevas generaciones conviven con lo digital desde la cuna, sino por dejar de asumir que eso basta. Las escuelas, universidades y familias deben asumir que educar en ciudadanía digital es tan urgente como enseñar a leer o escribir. Programar, buscar con criterio, producir con ética, comprender los riesgos de la desinformación: todo esto debe ser parte del currículo del presente.
Porque no, los niños no nacen con la tecnología debajo del brazo. Y creerlo solo perpetúa desigualdades. Formarlos, acompañarlos, responsabilizarnos: ahí está el verdadero reto.
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