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Ítaca y el arte de enseñar

Mauricio Hernández

miércoles, 6 agosto 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Por años he sacado del bolsillo el mismo papel envejecido, con los pliegues marcados de tanto desdoblarlo antes de iniciar mis clases.

En él está escrito un poema: Ítaca, de Constantino Cavafis. Algunas veces lo leo en voz alta al comenzar el semestre. Los estudiantes escuchan, y al final les pregunto qué relación encuentran con el proceso que apenas inician. Las respuestas son diversas, inesperadas, y siempre me sorprenden. Otras veces, en cambio, me guardo la lectura para mí, como un recordatorio íntimo del profundo vínculo que encuentro entre el acto de enseñar y el viaje de Ulises hacia su Ítaca.

 

Porque enseñar es una travesía. ¿Y qué es una travesía? No es solo recorrer un espacio, sino también un tiempo. En ese tiempo caben las aventuras, los hallazgos y los aprendizajes. Cavafis menciona gigantes —lestrigones y cíclopes— y a un dios hostil, Poseidón. Pero acaso el verdadero monstruo es el temor, ese miedo que cargamos dentro. Y este gigante, aunque real, se mantiene a distancia cuando nos arropamos con la sabiduría y nos revestimos de emociones profundas y delicadas.

 

El poema insiste: hay que pedir que el viaje sea largo. No se trata de llegar rápido, sino de disfrutar los puertos nunca antes vistos, de aprender en medio de la luminosidad que Cavafis llama “verano”. Ese verano no es solo estación: es la plenitud del conocer, acompañada por la alegría y el placer que sostienen el impulso de aprender.

 

También está la invitación al detenimiento, a la contemplación, a la pausa prudente que permite vivir experiencias más valiosas que cualquier tesoro. Es un llamado a viajar con todos los sentidos: a escuchar, a tocar, a mirar, pero también a oler y a saborear la vida que ocurre en el camino.

 

En el aula, como en el viaje, se aprende de quienes saben: de los maestros que ya han recorrido sus mares, de los compañeros que se vuelven faros. Tener presente el objetivo —la Ítaca personal— es esencial, pero sin obsesionarse con la llegada. Lo importante es disfrutar del proceso, del tiempo, del viaje largo.

 

Es un consejo dirigido al joven que emprende, al que quiere aprender y crecer: que se deje seducir por las maravillas que verá en la juventud, pensando también en la riqueza que llevará a la vejez. Porque Ítaca habla tanto del paso del tiempo como de la llegada a puerto.

 

Y hay una advertencia en el poema: quizá al llegar, el lugar soñado no sea lo que imaginabas. Puede que sea pobre y desnudo, sin atractivo alguno. Pero entonces descubrirás que la riqueza estaba en lo que recogiste en cada legua navegada, en cada metro andado: experiencias, saberes, emociones. Esa es la gran recompensa.

 

Enseñar, como viajar, no es preparar al otro para llegar pronto, sino para llegar pleno. Y en esa plenitud, Ítaca —más que un lugar— se convierte en el símbolo de todo lo que hemos aprendido en el camino.


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