Colombia se quebró por mitades el día en que Juan Manuel Santos anunció el abandono de la política de seguridad democrática adoptada por su antecesor y mentor, Álvaro Uribe Vélez, dando inicio a una negociación de igual a igual con las farc, grupo sedicioso que a la fecha acumula tres cuartos de siglo agrediendo y violentando al país.
Tras una década de exitoso esfuerzo del Estado y sus instituciones, de inversiones presupuestales enormes, nutridas además con aportes de gobiernos y organismos multilaterales, de compromiso operativo de las fuerzas armadas legítimas, robustecidas, bien dotadas en armamento, recurso humano y moralmente revestidas de apoyo ciudadano, que redujeron hasta su inminente derrota a los violentos, de improviso, sin medir consecuencias obvias, a instancias del hermano del presidente, Enrique Santos, y su carnal Sergio Jaramillo, ambos con matrícula ideológica prozurda, y ambos de nefasta recordación, Santos, traidor a principios y convicciones hasta allí defendidas desde el ministerio de Defensa, sin precedentes ni atenuantes, nos embarcó a todos en una alocada aventura cuyo desenlace real no podía ser, como efectivamente ocurrió, sino la derrota de la legalidad a manos de la delincuencia organizada. Desde entonces, desde el prólogo de la farsa de La Habana y la firma final de esos tétricos pactos, la cadena de desgracias no para; el abismo abierto entre compatriotas apegados a la legalidad, a la vigencia de la justicia y el orden, versus quienes prefirieron el atajo de la resignación, de la rendición del Estado ante autores de toda clase de delitos, violaciones a derechos humanos y tropelías, ahora profundizado, insalvable, a cuenta de adhesión o rechazo hacia la persona de Gustavo Petro y su banda de corruptos, amenaza con devorarnos.
En esta maltrecha patria tendemos a la insensibilidad colectiva, a olvidar velozmente y a desconocer méritos ajenos.
Por ello es útil ejercitar la memoria, volver sobre pasos errados, principalmente para tener claro el proceso histórico del reciente pasado, y no reincidir en errores. De Gustavo Petro no pueden esperarse reflexiones sensatas en ningún sentido. Con su aberrada percepción de hechos y omisiones, ha creado un mundo, un país paralelo, idealizado, donde se abraza, se premia al asesino, al delincuente, y se juzga con severidad a quienes los combaten; donde no se reprimen ni condenan masacres execrables, sin explicación, justificadas luego como expresiones de rebeldía o descontento social; donde el narcotráfico y los narco cultivos se le achacan a personajes u organizaciones fantasmas con sede en Dubai; donde cada día con mayor celeridad y daño institucional, se desmantela la fuerza pública a través de recortes de recursos y bajas entre oficialidad, mandos medios y personal efectivo; donde a cada asesinato, extorsión, reclutamiento de menores, siguen la inacción de la autoridad y cantinflescas peroratas televisivas del presidente. En ese extraño mundo de Petrópolis, toda evidencia de país en descomposición de signos inequívocos de debacle económica, ética, administrativa, se soslaya e ignora.
Por todo ello, el asesinato de un senador de talla presidencial se ve como “gajes del oficio”, o retaliación histórica por actos de gobierno de su antepasado presidente; el asesinato en atentados narcoterroristas de veinte personas y heridas causadas a decenas de damnificados, como hechos apenas anecdóticos, rápidamente cubiertos de indiferencia y olvido por el gobierno y llos medios. Sin tener conciencia de realidad, los colombianos nos estamos dejando manipular, permitiendo que todo nos resbale, que nada se convierta en trascendente; todo transformable en refritos al terminar cada día. Por este camino de indolencia e ignorancia, sin capacidad de reacción, cuando llegue la esperada fecha de las elecciones presidenciales, el manto de olvido se extenderá sobre corrupción y corruptos, sobre masacres, asesinatos selectivos y demás delitos de las bandas armadas, sobre el desgobierno que hoy hunde al país en el desconcierto y la desesperanza.
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