He convertido el aula de clases en una aventura virtual, donde la imaginación y la creatividad soplan como vientos que inflan las velas y ponen en movimiento el barco.
El reto puede parecer complejo, pero se resuelve con mucha actitud y disposición, porque en el fondo no es otra cosa que un desafío con nosotros mismos.
Este semestre les he propuesto a mis compañeros de viaje —los estudiantes— emprender una travesía por medio de los libros y, con ellos, por la experiencia de habitar el conocimiento. Desde los primeros mensajes de bienvenida, redactados como cartas, hasta las metáforas con barcos y mares, ha tenido el propósito de invitarlos a navegar. Incluso, les he inducido a ensoñar lugares de descanso al final de cada actividad, como si al otro lado de lo académico nos esperara el lugar en el que queremos estar.
El corazón de esta propuesta ha sido lo que llamé una Tripulación Lectora. La idea es leer un libro durante el semestre. No se trata de cumplir con una tarea obligatoria, sino de vivir una experiencia íntima que nace en la elección libre de cada texto y en el compromiso cotidiano de abrirlo. En esa elección —prestar, comprar o desempolvar un libro olvidado— empieza el viaje, y cada paso posterior, ya sea un párrafo, unas páginas o un capítulo entero, se convierte en un acto de construcción. Así, creo yo, empieza el camino no solo de los futuros promotores de lectura, sino también de los lectores y las lectoras capaces de transformar el distanciamiento de los libros en un amor duradero hacia ellos.
Este semestre más de 84 estudiantes de todo el país, vinculados al programa virtual de Ciencia de la Información y la Documentación, Bibliotecología y Archivística, de la Uniquindío, decidieron “firmar” ese compromiso. Lo hicieron con una fotografía en la que posaban junto a su libro elegido, como si se tratara de un pasaporte para embarcarse. Luego, comenzaron a reportar sus avances en una bitácora personal, un diario en el que la lectura se convierte en relato propio.
Sé bien que este viaje no puede ser vigilado desde un panóptico omnisciente que asegure disciplina en cada lector, ni me interesa que lo sea. En tiempos de inteligencia artificial quizá alguien recurra a un resumen automático, pero ni siquiera eso me trasnocha. Lo que en realidad importa es el acto íntimo de comprometerse consigo mismo, leer no para cumplir sino para descubrir. Mi tarea es recordarles que esta travesía significa compromiso con el propio aprendizaje, con el despertar ciudadano y con esa libertad que se expande cuando habitamos las palabras.
Por eso, más que un logro académico, la experiencia de leer se convierte en un recorrido de placer. Un barco imaginado y compartido nos conduce hacia lugares donde trascender es posible. Allí, en medio de páginas que son mares y personajes que son vientos, la lectura revela su verdadera promesa: ser un viaje que nos transforma.
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