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Habilidades que desplazan conocimientos

Camilo Andrés López Leal

domingo, 5 octubre 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

En este presente tan convulso, gris y cínico, se oyen con frecuencia, desde diversos organismos multilaterales y en boca de supuestos expertos o brillantes investigadores (¿será cierto?), discursos que, bajo rótulos pretenciosos como “nuevas tendencias”, “necesidades urgentes” o “claves imprescindibles”, pretenden dictar el rumbo de la educación. Un ejemplo de ello es el concepto de las llamadas “competencias blandas”.

Estas se refieren a determinadas habilidades sociales, comunicativas y de trabajo en equipo, presentadas como ausentes en los jóvenes profesionales y, exigidas por el mundo empresarial. Dicho sector argumenta que los sistemas educativos, y en particular las universidades, se limitan a formar en saberes y competencias disciplinares, desatendiendo aquellas otras destrezas consideradas esenciales para el desarrollo económico, el éxito empresarial y el actual motor de crecimiento financiero. Sin caer en un rechazo tajante de la necesidad de formación de estas habilidades, sí conviene advertir del peligro que tienen este tipo de discursos cuando se escucha y presta atención a la propuesta y se desplaza y excluye lo que se critica, es decir, cuando se cree que la educación debe entonces formar estas nuevas habilidades y perder interés, dedicación en la enseñanza de los saberes y conocimientos propios de las disciplinas.

En 1959, la filósofa alemana Hannah Arendt, en el ensayo titulado La crisis de la educación, advirtió sobre lo problemático y desastroso de estos discursos que afectan el sentido de lo que es la educación. Su análisis, parece una radiografía del presente: escuelas sin autoridad, profesores convertidos en animadores y una generación de estudiantes a quienes se les niega tanto la infancia como la entrada responsable al mundo adulto. La educación se ha transformado en un campo de batalla entre el deseo de proteger a las jóvenes generaciones y la obsesión por “prepararlas” para un futuro exitoso y productivo. Pero al hacerlo, olvidamos que educar no es fabricar competencias ni entrenar habilidades, sino introducir a los recién llegados en un mundo que ya existía antes de ellos, a una cultura, a una tradición, a una historia. 

Tres supuestos concretos, dice Arendt, son los que ponen en crisis la educación: en primer lugar, la separación en dos mundos de las nuevas generaciones, niños y jóvenes, de las generaciones adultas, desplazando la idea de autoridad del maestro, del padre de familia, del adulto frente a los jóvenes. Cuando esa autoridad desaparece, no se emancipa al estudiante, sino que se lo entrega a la tiranía del grupo, a la presión de los pares, a las fake news de los medios, a un falso igualitarismo que anula la diferencia y la individualidad. En segundo lugar, la pedagogización de la educación que desplazó la enseñanza de lo propio de las disciplinas por una didáctica como técnica, convirtiendo al profesor en un didacta sin conocimientos y manejo de las disciplinas que enseña. Y, en tercer lugar, la sustitución de el aprender por el hacer, desplazo el enseñar conocimiento por enseñar habilidades, configurando pedagogías que borraron los límites entre el juego y el trabajo, entre el profesor y el estudiante, con la pretensión de liberar a las nuevas generaciones, pero que, en realidad, la condenaron a un estado de minoría perpetua. 

Hoy, abundan los discursos sobre innovación, creatividad o educación emocional, pero rara vez se habla de tradición, de herencia, de ese compromiso con el mundo que hace posible la educación misma. En suma, la educación atraviesa una crisis que no se resolverá con modas pedagógicas ni con la incorporación de nuevas “habilidades” dictadas por el mercado laboral. Como advertía Arendt, solo una educación que asuma la responsabilidad de transmitir el conocimiento y la cultura puede ofrecer a los jóvenes algo más que la promesa efímera del éxito: puede ofrecerles un lugar en el mundo.


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