Un día llegó el amor a primera vista, luego, todo fue ocurriendo, hasta hoy.
Mientras iba en uno de esos buses viejos con barandas oxidadas que dejan las manos impregnadas con olor a metal, mi corazón galopaba estrepitosamente. Sentía un profundo temor; pensaba que, si mi nombre no salía en los resultados definitivos, mi vida y mis anhelos se derribarían en un solo instante.
La respiración me salía sin control alguno, el estómago manifestaba nerviosos retorcijones y el sudor estaba un poco frío. El bus me dejó en todo el frente de las escaleras del puente peatonal. Las subí de dos en dos, mostrando mi ansiedad por llegar.
Volteé mi cabeza a la derecha y vi al viejo bus alejarse; giré hacia la izquierda y veía bajar carros y motos a toda velocidad. Luego, al llegar al final —lo recuerdo— fijé la mirada hacia el frente y ahí estaba ese edificio antiguo, con colores café y marrón; y al lado, un imponente árbol vestido de amarillo. Yo les vi y eran tal cual había visto en la publicidad que un día recibí en el colegio.
Recuerdo ese momento encantador, mágico, sublime. Recuerdo que descendí las escaleras con gran entusiasmo y tuve que darle la orden a mis piernas de no correr porque me vería como un niño de quince años; debía guardar la compostura y portarme como una persona madura de dieciséis.
Al llegar a la entrada principal vi que una persona estaba dando indicaciones precisas. Yo le puse el máximo cuidado y no me perdí ninguna. «En aquella pared están las carteleras. Allí están pegados los listados», dijo. Mi corazón latió más fuerte: Pum-pum-pum. Había venido a mirar si mi nombre aparecía en esos listados. Pum-pum-pum. Era el momento de vida o muerte. Lo definitivo. Pum-pum-pum.
Cuando estuve en frente de estas carteleras de marco de aluminio y vidrios corredizos se me agotó la saliva. Con la garganta reseca procedí a acercarme en medio del tumulto de personas. La altura de aquel flaco con barros de la pubertad me fue útil para encontrar con facilidad el listado que había ido a buscar.
Empecé a descender desde el número uno, tratando de encontrarme. Era una lista de cuarenta personas. Leí con detenimiento cada nombre hasta el diez. Ninguno era el mío. Pum-Pum. Seguí descendiendo con la preocupación en la garganta. Pum-pum-pum. Tampoco estaba dentro de los veinte. Empezó a respirarme la frustración: «¿qué voy a hacer si no estoy?; ¿me tocará conseguir un trabajo?» Pum-pum-pum.
Veintiuno: sabía que ese puntaje no me iba a alcanzar. El sueño debía esperar. Pum-pum-pummm. Veintidós: A mi lado, ya había caras de alegría y de tristeza. Pum-pum-pum. Veintitrés: ¡Y ahí estaba! ¡Pasé! ¡Qué emoción tan grande! ¡Quedé como estudiante admitido en la Universidad del Quindío! Y desde ese momento, recuerdo, el amor por la alma mater ha venido creciendo. A ella le debo todo. Por ella, en gran parte, soy quien hoy soy. ¡Feliz aniversario, amor de la vida! ¡Pum-pum!
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