Si no me leo Frankenstein, el libro de Mary Shelley, escrito en 1818, con seguridad hubiera muerto con la versión del cine y de los dibujos animados, en la cual se relata la historia de un monstruo verde, grande, con cabeza plana y con un corte de cabello, al estilo de Peso Pluma; también, habría seguido creyendo que esta criatura respiró por primera vez, luego de recibir una descarga eléctrica.
Tenía en mi cabeza un dibujo armado por partes que no estaban en el libro. Incluso, como nos ocurre a muchos humanos desprevenidos, la palabra «Frankenstein» nos remite al nombre de un monstruo y no al apellido de un hombre. Asimismo, entendía que este ser tenía un comportamiento errático e inconsciente, el cual no usaba el lenguaje con suficiente claridad. Nada más alejado de la historia contada por Shelley. Mi memoria retiene retazos falsos.
Hace 3 años a mi hija le regalaron este libro. En ese entonces, conversé con ella y llegamos a la conclusión que era un buen texto para afianzar los primeros pasos lectores. Eso sí, le mencioné que nunca di ese paso en la juventud. Y hace unas cuantas semanas un interés repentino por la historia del denominado Prometeo Moderno, hizo que le pidiera prestado el libro a la joven Antonia.
Lo agarré y no lo solté en un par de semanas. Él me atrapó con su historia y me reveló asuntos que estaba malinterpretando. Encontré, por ejemplo, que Frankenstein es el apellido de Víctor, el creador del monstruo y que el nombre de aquel nunca se contó. Su identidad se mantuvo oculta desde las sombras, las lejanías y los cobertizos.
Me di cuenta, además, que el soplo de vida que le dio su existir, no provino de la electricidad. Esa es una suposición en relación a la época en la que nació la novela y no un acto que haya sido descrito por la autora de este mítico libro. Tal vez, Mary Shelley se inspiró en los experimentos que Luigi Galvani y Giovanni Aldini hicieron en la época, en lo que se conoció como “la galvanización” o los efectos de la electricidad en los músculos de los cadáveres.
La narración de esta historia es bastante precisa y sin rodeos. Jóvenes, adultos y viejos pueden dejarse atrapar por el relato de la concepción de un monstruo que se va en contra de su propio creador. Con firmeza y sencillez, cada una de las travesías que se cuentan conducen a una precisión posterior. Es una historia circular, la cual se empieza a contar desde el final. En ella aparecen y desaparecen personajes al ritmo de una tensión entre criatura y creador. Como lector, me sentí intimidado, observado y expectante en todo momento.
Esta es una historia de lo humano, del sentido de la vida y de las emociones que atraviesan la carne. Así que no es tarde para adentrarse en ella. Léanse el libro, antes de que la nueva versión de Netflix, que se estrena esta semana, les cuente algo diferente a lo concebido hace más de doscientos años.
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