Las manos en la cabeza, en señal de aturdimiento e incredulidad, de no entender qué acababa de ver y coprotagonizar, a veloces zancadas, Josip Stanisic, el croata lateral derecho del Bayern Múnich, perseguía a Luis Díaz, ejecutor de un gol con sello de maravilla, quien consciente de su hazaña, entre saltos, manoteos y carrera hacia la tribuna, celebraba a rabiar, para ser el primero en abrazarlo.
A sus espaldas, en similar trance, el goleador Kane, estrella indiscutida del equipo muniqués, capitán y goleador de la selección inglesa, pugnaba también por estrechar al autor de la genialidad. Todos a una compusieron la más expresiva imagen del portento, de la excepcional anotación del colombiano, en el partido de la Bundesliga que enfrentaba a su equipo, líder absoluto de la tabla, contra el Unión Berlín. Tres, cuatro días después, para el caso poco importan precisiones de tiempo y contadores de vistas, decenas de millones de aficionados alrededor del mundo, cifras in crescendo, han visto con idénticas reacciones, el gol con visos de milagro, de proeza irrepetible, de nuestro compatriota, agotando calificativos en todos los idiomas.
En plan de vagabundeo por YouTube, en la tarde del sábado anterior, fui premiado con la primera videonoticia del empate parcial, apenas culminando la primera mitad del encuentro. Desde aquella remota e igualmente sublime anotación del “Tren” Valencia en el partido de nuestra selección nacional, Justo contra Alemania, en Italia/90, o la consagratoria de James Rodriguez como jugador de talla mundial, contra Uruguay,en pleno estadio de Maracaná, Brasil 2014, ninguna maniobra finalizada en gol, de un jugador nacional, ha penetrado tan hondo en el ánimo, en el espíritu de los colombianos, como en esta ocasión de gloria.
Aficionados, comentaristas, analistas, como gustan llamarse, han recurrido a la ciencia, al arte, a las matemáticas, finalmente a la poesía, en la búsqueda de ponderación o explicaciones acerca de factores aportantes al hecho. Se niegan a considerar el enganche de aquella extremidad de atleta al rescate de un balón visto por todos como pase fallido, el mero resultado de la preparación física o al talento en el regate del futbolista. No, incluido el influjo de algún recurso esotérico, del resultado de un pase mágico, la maniobra de Díaz, cuyo complemento fue el engaño al marcador de turno, empujando con sutileza el balón en paralelo con la línea final del campo y luego el puntazo con dirección al exiguo ángulo, al mínimo espacio posible superando la estatura del arquero, no se entiende a la luz de la indeterminada “normalidad”. Por necesidad social, hubo en la maniobra un ingrediente, no detectable por la prosaica observación humana.
En fin, mi gratitud hacia nuestra estrella futbolística siempre en ascenso, excede lo deportivo, lo estético, la espectacularidad. Gracias, Luis Díaz por sacar a la luz la mejor versión del ser colombiano. Sacrificio, trabajo, empeño, talento cultivado, son virtudes que guían y producen resultados semejantes. Gracias, Luis Díaz por dejar bien claro que genialidad es exactamente lo opuesto a causar muerte, dolor y destrucción.
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