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Los nuevos humanos

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 3 diciembre 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

No hay quien reproche, yo, mucho menos me atrevería, al hombre de mediana edad mimetizado entre tatuajes, por la permanencia de tres ejemplares caninos en un apartamento de escasos 50 metros cuadrados, de uno de los cuales lo vimos salir, muy orondo, al disfrute del sol mañanero.

Un sabueso blanquinegro de talla media, cuerpo alargado, largas orejas, y dos de menor volumen de cuya raza no doy fe por total ignorancia en asuntos etniperrunos. Nadie.
Aunque la escena despierta mi curiosidad, resulta de lo más corriente en nuestros vecindarios urbanos. No obstante, la obvia pregunta a formular sería si no constituye malsano asinamiento para canes y mínimo dos humanos, compartir tan precario espacio de vivienda, en un bloque multifamiliar. Bueno, no es el caso ni el momento para debatirlo. Me fijo en el grupo de 14 extremidades caminantes, sobre todo por las vistosas cintas o traíllas reflectivas -recordando a Marroquín- que lucen y se enredan entre avances y detenciones para evacuar vejigas y estómagos, en plena zona verde comunitaria, sin reacción alguna del amo o eventual guía. El personaje tras las gafas oscuras, dedica toda su atención al teléfono y a sus interlocutores de voz e imagen. No le afanan en absoluto las heces dejadas por sus mascotas en el césped, en la exigua zona verde en el exterior del conjunto; tampoco los posibles efectos de las mismas en la salud de sus vecinos… ¡Qué bonitos perritos y qué juicioso su dueño al sacarlos a pasear!!, pensarán las adolescentes, exultantes animalistas, seguidoras de los pasos en falso de Greta Thumberg. Terminada la rutina depositiva de los animales, y dejado de lado el celular, el grupo se diluye en el paisaje.
Asistimos los terrícolas de la contemporaneidad, a una de las modas o tendencias, estimuladas desde luego por las deidades del consumo y por el zángano-wokismo, a la humanización de los animales domésticos; desde los comunes, perros, felinos, aves de corral, hasta los más exóticos ejemplares, incluyendo reptiles, cerdos, predadores alados, etc., con los cuales se intenta cubrir los vacíos afectivos que dejan desengaños, traiciones o deslealtades, de congéneres. Las mascotas proveen obediencia, cariño, sensación de seguridad, incondicionales, a bajo costo. En mi infancia se realizaban eventos, campañas, jornadas de solidaridad con la niñez o la ancianidad desprotegidas, con familias en condición de pobreza extrema. Hoy, el esfuerzo promocional de emisoras, canales, redes, campañas políticas, se orienta hacia “los peluditos”. Para estos los mimos, cuidados, atención en salud, guarderías, y demás. Humanización del animal, deshumanización de la especie. Al congénere no lo soportamos, la antropofobia se refugia en viviendas unipersonales, mientras se extrema la entrega a los nuevos y poderosos amos.


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