Intento recordar el color del alba. Es morada. Es rosada. Es anaranjada. La memoria saca un expediente que fotografié en el pasado: es morada. Aquella alba tenía lilas y púrpuras brillantes.
Eran trazos que acompañaban al naciente color blanco. Había morados y azulados incipientes que se dejaban abrazar por dos extremos: el oscuro azul de la noche y el claro azul del cielo de aquel día naciente.
El día es un misterio. Tenemos muchos días y con ellos muchos misterios. No sabemos qué va a pasar en cada alba. De la que me acuerdo, como lo digo, era de color morado. Hay otras albas que son naranjas, rojizas y rosadas. Cada alba tiene su encanto, si se le logra ver en el momento justo al nacer y diluirse en el amanecer.
Claro, el alba es diferente al amanecer. El amanecer son muchos rayos de sol. En cambio, el alba son los primeros rayos que despuntan el día. El alba es primigenia y fugas. Es el preciso instante en el que se corta la noche de madrugada y emerge el primer rayo de sol fresco. Así que cada día misterioso tiene un color de alba diferente que acompaña nuestro amanecer.
No todos logran ver el alba. Muchos hablan del amanecer, pero no del alba. Otro día, recuerdo, vi un alba de color verde. A lo lejos se aproximaba el sol naciente. Le esperaba con un café en las manos y subido a una torre de unos veinte metros de alto. Divisaba el horizonte, aguardando el alba. En ese instante, el verdor de las montañas era muy intenso. Tan intenso como el color de una botella de vino. Así que al aproximarse el primer rayo de luz, el color verde traspasó a todo el oriente.
El color del albor es blancuzco. Es el principio de algo. De un nuevo día. De un misterio nuevo. Resplandece en el cielo y se abre con presteza toda manifestación reconfortante: una alborada.
¿Cuál es el color de la música que suena antes del amanecer? Para mí, el momento de festejar el día está lleno de todos los colores. Tan pronto se rompe el oscuro cielo, todos los colores emergen y le damos paso a todo festejo hermoseado. Un día es morado, otro azulado, y otro anaranjado.
Tal vez este último color identifique más al sol de los venados: el del atardecer de rojos, amarillos y anaranjados. Pero esta tonalidad no es propia de los finales de algunas tardes. También se ven en el comienzo de los misterios cotidianos: hay albas muy anaranjadas que preceden al intenso sol de un día de verano. Y estos colores son los más útiles para ver los copos blancos de algunas montañas lejanas.
El color del alba se despunta en un parpadeo, existiendo en un tiempo inmediato: el de ayer no lo volveremos a ver, el de hoy tal vez fue visto, y el de mañana es un misterio que aún no ha sido coloreado.
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