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Rayar un libro

Mauricio Hernández

miércoles, 10 diciembre 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

El fin de semana compré en una de las papelerías del barrio Granada una regla de quince centímetros de largo por unos tres de ancho. Es pequeña y parece un separador de libro. Fui a buscarla a uno de esos lugares que no cierran los viernes santos ni el primer día del año.

Cuando me atendió una mujer, le dije: «busco una regla pequeña pero alargada». Ella, tratando de materializar esa descripción, pensó y tuvo que recalcular antes de extender su mano al mostrador en donde estaban amontonadas todas las reglas. Habían de diferentes colores, formas y tamaños: rosadas, azules, y verdes; triangulares y rectangulares; pequeñas, más grandes y mucho más grandes. Con su mano sacó tres de las que mi apremiante necesidad lectora requería con urgencia. Elegí la azul. La cogí y le di dos vueltas. Estiré el billete de dos mil pesos y salí del local.

Llegué a la casa y me senté en el sofá gris. Saqué la regla de su empaque y la palpé en su pequeñez. Revisé sus bordes perfectos y luego pasé el dedo índice por las ciento cincuenta líneas de los milímetros de su largor. En el descansabrazo del sofá la dejé al lado del portaminas con el que subrayo palabras y frases de las que me enamoro, y del carmesí separador de hojas que ya había sacado del libro. 

La tarde de aquel día estaba aletargada. Por la ventana de la sala ingresaba con timidez un rayo de sol. Leí una página. Luego pasé a la siguiente. En el tercer párrafo, casi a la mitad de la hoja y del libro, me topé con una frase de tres renglones que me cautivó. La releí dos veces. Me produjo una sensación de pertenencia que la hizo sobresalir. Brotó como la planta que recién surge de la tierra. Nació una emoción. 

Con mi mano izquierda sostuve el libro en mi regazo, mientras que con la derecha agarraba la regla. Luego, la posé simétricamente en el primer renglón de la frase. Liberé mi mano izquierda y ahora era esta la que sostenía la regla. Con la mano libre y con el movimiento robotizado de una retroexcavadora de construcción, fui en la búsqueda del portaminas. Lo atrapé. 

La mano izquierda parecía de pianista ya que sostenía la regla contra la hoja con una sutil firmeza. Era el momento justo para empezar a trazar la línea recta que inmortalizara cada palabra. Fue ahí cuando la mano derecha empezó a hacer el trazo en sentido contrario al de la lectura. El sonido era lo más fantástico de la escena. Algo carrasposo. Una fricción que con contundencia marcaba a la inversa el camino de cada renglón. Las cuatros líneas de color gris oscuro tatuaron la hoja.

Al terminar quité la pequeña regla y la dejé en el descansabrazos. También dejé el portaminas. Volví a leer la frase para completar el éxtasis lector. Continué leyendo y pasé dos páginas más antes de cerrar el libro.


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