El silencio interno y exterior en que te afiances, efecto de alguna establecida práctica continua de meditación, tiene mucho para revelarte de la vida y del mundo; de ti y los demás, solo con que lo encuentres en tu cotidianidad y entres en él en cualquier momento y cualquier lugar. El silencio, componente básico de la meditación, siempre dispuesto a ser tu mejor compañía, esperando que te silencies.
“Cállate o di algo mejor que el silencio”, recomendaba Pitágoras, conocedor de ese meditativo silencio que puedes percibir con tus oídos, entre tu leve respiración, sobre las pausadas palpitaciones de tu corazón, con tu mente apaciguada y tu conciencia luminosa induciéndote a la meditación. Es parte de tu meditación, con silencios mayores donde vibra la voz de Dios. Esa armoniosa voz, producto de la meditación. “El silencio es el lenguaje de Dios, todo lo demás es una mala traducción”, afirmó Rumi, poeta sufí. Escucha el ruido, las acosadoras algarabías internas y externas de todos aquellos que te rodean, expulsándote del silencio que experimentas y podrás, si lo buscas, amar el silencio. Emociónate con el silencio. No le temas. Desde el vientre de tu madre, todo propendía y sigue estimulándote para que busques el ruido. Y para causes ruido y convivas con el ruido. Habitarás un mundo material producto de ruidos. Retumbos de toda clase congestionarán tus oídos, tu mente, tu cerebro, tu percepción interna de la serenidad. Y cuanto más se multipliquen en tu vida, atronadores, frenéticos y repugnantes, el silencio que te llama y te espera en la meditación, en la contemplación de Dios, en la repetición mental de Su nombre, será más puro e incontaminado. Busca el silencio en lugares apropiados. Lo tienes dentro de ti, pero no te dejarán experimentarlo las conversaciones malsanas, grotescas, violentas y rudas de tanta gente que te rodea gritando, insultando, blasfemando, mintiendo, hiriendo a otros con cada palabra que pronuncian o tergiversan con sus discursos religiosos, políticos o filosóficos. Si admites interferencias en tus silencios, entonces que al menos provengan de música excelsa, sacra y bella, cuyas vibraciones te conduzcan al silencio. ¿Qué clases de silencios eres capaz de experimentar? ¿Estás habituado más a los ruidos que a la paz interna o exterior del silencio? ¿Entenderías de qué hablo si te revelo que entre Bach, cuando terminas de escuchar Sonata No 2 Andante for Solo Violín y la presencia de una pequeña flor al borde del camino veredal, puedes percibir silencios ajenos a las palabras pronunciadas? Para Heidegger, silencio no es ausencia de sonido. Es territorio fundamental para el pensamiento profundo y el encuentro con el Ser, un “decir-respuesta” al silencio del Ser que permite al poeta escuchar la verdad y la llamada de la conciencia, más allá de charlas ociosas.
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