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Profesor, contralor, fiscal, asesor presidencial y notario por méritos, la trayectoria de Óscar Grajales Vanegas refleja una vida dedicada al estudio, al trabajo digno y a la justicia.

Oriundo de Calarcá, abogado de vocación tardía pero profunda, profesor, contralor departamental, director de fiscalías, asesor presidencial y notario por concurso de méritos, Óscar Grajales Vanegas es de los juristas respetados y admirados en la región, porque no se mide solo por los cargos que ocupó, sino por la coherencia con la que ejerció cada uno de ellos.

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Su vida profesional ha estado atravesada por una defensa firme de la institucionalidad, la división de poderes y la dignidad del trabajo como principio vital. Pensionado desde hace más de una década, sigue ejerciendo la abogacía “sin afán, pero con pasión”, convencido de que el ser humano debe mantenerse activo hasta el último día.

Grajales Vanegas en sus primeros años de vida, se formó en la Institución Educativa Robledo de Calarcá. Desde siempre y por encima de cualquier lugar del país, siempre respetó, admira y goza actualmente de vivir en el Quindío, amor que siempre está y estuvo latente en su vida. “Siempre he sido un enamorado del Quindío, de su clima, de sus montañas, de su gente. Para mí, este territorio es un paraíso y a veces siento que no somos del todo conscientes de eso, dijo.

 

Es padre orgulloso de la igualmente abogada Claudia Mónica Grajales y el odontólogo Óscar Iván Grajales. Para él, sus hijos y nietos representan un regalo en su vida y siempre manifiesta lo orgulloso que se siente de su familia. Economía fue su carrera escogida inicialmente, pero su amor incondicional por el Quindío y en vista de que la Universidad La Gran Colombia Seccional Armenia abría en 1971 la facultad de Derecho, sin dudarlo volvió y se formó profesionalmente, siendo parte de la primera promoción de abogados graduados y formados por la universidad.

A lo largo de su vida, sus conocimientos y experiencia lo llevaron a ejercer como abogado externo de entidades bancarias como Cofincafe, Banco BBVA, el extinto Banco del Estado y Banco Popular.

 

Parte de la primera promoción de Derecho en La Gran Colombia. ¿Qué recuerda de la época?

Fue una etapa maravillosa. Empezamos en una sede muy modesta, incluso con el ruido de un café y mesas de billar abajo, pero con un entusiasmo enorme. Todo se hizo con amor. Luego pasamos a una sede más organizada y allí culminamos la carrera. Hace poco celebramos los 50 años de egresados y fue profundamente emotivo reencontrarnos, recordar a quienes ya no están y agradecerle a la universidad por lo que nos dio.

¿Cómo fue el tránsito de la universidad al ejercicio profesional?

Uno sale con teoría, pero el ejercicio real se aprende en la práctica. Me acerqué a profesores que ya litigaban y me ofrecí como ayudante. Hacía mandados, llevaba memoriales, revisaba estados en los juzgados, pero aprendía. Así fue como me formé realmente. Cuando sentí que ya tenía “alas”, monté mi propia oficina y litigué durante más de 20 años.

A lo largo de su vida ocupó muchos cargos públicos. ¿Cuál fue el más exigente?

Sin duda, la Fiscalía General de la Nación. Es un cargo duro porque se lidia con personas que han cometido delitos graves, con realidades humanas muy complejas. Fue una experiencia difícil, pero también una gran enseñanza. Los retos hay que asumirlos; no se les puede huir.

 

También fue contralor departamental, ¿qué relatos tiene de esta experiencia?

Sí, me tocó vivir el terremoto de 1999 como contralor. Fue una de las experiencias más dolorosas de mi vida. Ver pasar camionetas llenas de muertos, la desesperación de la gente, la escasez de alimentos. Pero también vi la solidaridad humana en su máxima expresión, e incluso me tocó mucho a mí, siempre estuvimos brindando comida y amor a los más desamparados. Países enteros ayudaron al Quindío y eso me marcó profundamente.

 

Notario por concurso de méritos, ¿qué significó eso para su vida profesional?

Fue un orgullo enorme. Antes los notarios se nombraban a dedo; ese concurso fue histórico. Estudié mucho, pasé el concurso y ejercí como notario cerca de seis años, como notario segundo y quinto de Armenia, fue una responsabilidad muy grande que ocupé con el respeto que merece. Lamentablemente, me aplicaron el retiro forzoso cuando aún no tenía pensión reconocida, lo cual fue injusto, pero así es la vida. De todo se aprende. Luego demandé al Tribunal Superior de Bogotá y gané la tutela

 

¿Qué siente hoy al estar pensionado pero seguir ejerciendo?

Siento gratitud. Creo firmemente que el trabajo es una bendición de Dios. El ser humano no puede quedarse quieto. Por eso sigo ejerciendo, llevando casos de amigos y familiares, sin afán, con calma, pero con amor y respeto por la profesión.

¿Hubo algún sueño que le quedó pendiente en su carrera?

Sí. Siempre quise ser juez de la República. Tuve la oportunidad, incluso me lo ofrecieron directamente, pero en ese momento decidí seguir litigando porque los jueces eran muy mal pagos. Con el tiempo, ese fue el “pendiente” de mi vida profesional. Respeto profundamente a los jueces y magistrados; su labor es delicada y admirable.

Su hija y nieto siguieron caminos cercanos al Derecho ¿cómo se siente al saberlo?

Mi hija Claudia Mónica es abogada, una excelente profesional, y trabajamos en algunos casos juntos. Es un orgullo para mí. Mi nieto, por su parte, estudia en China economía, derecho y comercio internacional, becado. Vive allá hace más de tres años. Es un muchacho valiente, disciplinado, un verdadero guerrero.

Finalmente, ¿qué consejo les daría a los estudiantes de Derecho de hoy?

Que se enamoren de su carrera. El Derecho es una ciencia viva, cambiante, dinámica. Hay que estudiar todos los días. Si aman su profesión, si la ejercen con mística y responsabilidad, serán buenos abogados y servirán verdaderamente a la sociedad porque al fin de cuenta la profesión se resume en un servicio para los demás, de ayudar a resolver sus problemas.


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