Radicada en el Quindío desde 2014, la artista concibe el arte como un ejercicio íntimo de reflexión y espiritualidad.
Para María Liliana Díaz Figueroa, el arte es tan complejo que se necesita de la sabiduría del silencio y la reflexión para saber reconocerlo.
Sin embargo, antes de dedicarse por completo a la pintura, esta chaparraluna trabajó como auxiliar de vuelo internacional en Avianca, fue docente de español para extranjeros en Berlitz, laboró durante varios años en el ministerio de Cultura y vivió en Canadá, experiencia que le permitió concentrarse de lleno en la creación artística.
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Desde 2014, el Quindío se convirtió en su hogar y en un punto de inspiración conceptual: el paisaje, la calma y la naturaleza marcaron su obra y la condujeron a uno de los ejes más constantes de su producción reciente: el silencio.
Desde el trazo temprano de la infancia hasta las exposiciones en salas de museos nacionales, la vida de María Liliana ha estado atravesada por una necesidad íntima, la de expresarse a través del arte.
Estudió Lenguas Modernas y Artes Plásticas en la Universidad de los Andes, allí mismo, se especializó en Estudios Culturales.
Su obra, que se caracteriza por la densidad visual, el uso intenso del color y composiciones cargadas de símbolos, ha sido reconocida en distintos escenarios, entre ellos el Salón de Artistas del Quindío y más recientemente en la Convocatoria Sin piel, Imagen Regional 10 Armenia, que la llevó a exponer en el Museo del Oro Quimbaya y a ser seleccionada como la única artista del Quindío para representar al departamento en la muestra nacional del Banco de la República en Bogotá.
¿Cómo fue su conexión con el arte desde su infancia?
Desde muy pequeña sentí una atracción fuerte por el dibujo y la creación de historias visuales. En el colegio dibujaba y con mis compañeros hacíamos novelas y ahí supe que siempre me encantaría el arte. Aunque en un primer momento estudié idiomas, el arte siempre estuvo ahí, esperando, hasta que decidí asumirlo como mi camino principal.
¿Desde cuándo se reconoce como artista?
Diría que desde niña. No siento que haya sido una elección racional, sino una necesidad. El arte apareció como una forma inevitable de expresión y de comprensión de mí misma y del mundo.
¿Por qué decidió radicarse en el Quindío?
Cuando vivíamos en Canadá, donde conocí a mi esposo, quise regresar a Colombia. Mi esposo, que es canadiense-francés, investigó y se enamoró del Quindío por su clima, su paisaje y su tranquilidad. Llegamos en 2014 y fue un flechazo mutuo. Este territorio me enseñó la importancia del silencio.
Justamente, el silencio es un concepto central en su obra. ¿Cómo lo trabaja?
Trabajo el silencio desde la paradoja. Mis obras son visualmente llenas, saturadas, como la mente contemporánea. Hablo de la necesidad del silencio en un mundo hiperconectado, donde casi nunca estamos en calma. El silencio es el lugar donde realmente nos conocemos.
Aunque, en una etapa trabajé el tema de la mujer, con composiciones más limpias y colores suaves. Hoy el personaje comparte protagonismo con todo lo que lo rodea. Mi estilo ha evolucionado con mi vida.
¿Qué importancia tiene para usted participar en concursos y exposiciones?
Es fundamental. Pintar y no mostrar la obra me parece triste. Necesito comunicar. Muchos de mis procesos expositivos han sido a través de convocatorias, porque así funciona el sistema artístico y porque permite confrontar la obra con curadores y públicos diversos.
¿Cómo ve el panorama artístico y cultural del Quindío?
Hay personas muy comprometidas con la cultura y eso es valioso. Falta público, sí, pero eso es un problema general. El arte todavía no es entendido como una necesidad esencial, sino como algo accesorio, y eso hay que transformarlo desde la educación.
Para usted, ¿qué es ser artista?
Ser artista es escuchar una necesidad interior de expresar, observar el mundo con profundidad y trabajar mucho. El arte no es improvisación ni ocio, es estudio, disciplina, reflexión y una forma de espiritualidad no religiosa, profundamente humana.
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