El 25 de enero es una fecha que evoca numerosos recuerdos y nos pone en estado de alerta, bajo esa intuición, falsamente inductiva, de que podría repetirse nuevamente aquel sismo de magnitudes catastróficas como el ocurrido hace ya 27 años.
Y es que, mientras escribo esta columna, no puedo evitar pensar y desear que no vuelva a ocurrir. La memoria sobre este acontecimiento, más que individual, es colectiva. Quienes vivimos este suceso, en muchas ocasiones activamos cierto estado de alerta; es un recuerdo que genera cierto temor, marcado por el desastre, los escombros, las heridas, las muertes ocasionadas y todas las demás calamidades que se manifestaron.
En diversos espacios de conversación sobre el tema, especialmente en espacios de opinión periodística, se ha señalado que ciertas secuelas psicológicas y sociológicas están presentes en la memoria colectiva de los quindianos debido al terremoto de 1999. También, con mucho valor testimonial, se han presentado reportes fotográficos de lo que era la ciudad antes y después del acontecimiento, lo cual es importante para la memoria histórica. Eventos de conmemoración son convocados año a año desde las administraciones municipales y departamental, así como especiales periodísticos en diferentes formatos como de radio, televisión y prensa, se realizan con el principal propósito de rendir homenaje a las víctimas y sobrevivientes. Sin embargo, muy poco se ha elaborado o dado a conocer sobre las implicaciones psicológicas, sociológicas, antropológicas, existenciales, entre otras posibles, de lo que fue un hecho que el mismo cuerpo nos trae nuevamente al presente cada año o cada vez sentimos un movimiento brusco del lugar en el que nos encontramos.
La academia ha estado presente desde el nivel técnico e infraestructural, buscando la prevención o disminución del riesgo de desastres. Esto es necesario, en tanto implica que como comunidad se debe estar preparados para atender un suceso de estos. Sin embargo, también convendría abordar este acontecimiento desde otras dimensiones, por ejemplo, a través de preguntas como: ¿somos los mismos después de un acontecimiento de tales dimensiones? ¿Se afectan las decisiones, los sueños, las proyecciones de vida en un territorio que vive un sacudón brusco de la tierra? ¿Qué ocurre en nuestras emociones, en nuestros imaginarios cuando la pérdida supera el nivel de lo individual o familiar y se convierte en una situación colectiva, de cientos y miles de personas? ¿El paso de los años puede aliviar o sanar lo traumático que se generó con el sismo, o es algo que quedará latente en la memoria colectiva de quienes lo vivieron? ¿Es necesario recordar y medir implicaciones de este suceso?, o, ¿puede ser olvidado o sólo ser evocado como algo anecdótico?
Sobre esto habría mucho para interpretar y comprender; sin embargo, ello ha estado ausente, pues se ha limitado únicamente a la realización de actos de la conmemoración anual, a la exaltación de la memoria de las víctimas y a la resiliencia de los sobrevivientes, con el propósito de relatar los hechos a quienes no estuvieron aquí presentes y a quienes nacieron después. No es que rememorar sea algo inapropiado, sino que convendría hacer algo más, dar otros pasos en la interpretación y comprensión de este suceso que quedó marcado en la historia, pues como lo dice el historiador y crítico cultural estadounidense David Rieff (hijo de Susan Sontag): “No se suele valorar las conmemoraciones por su capacidad de arrojar luz sobre la verdad”. Tenemos la memoria colectiva del terremoto en el Quindío, pero está la deuda de ir más allá de la conmemoración para analizar sus profundas implicaciones psicológicas, sociológicas, culturales y existenciales en la comunidad que lo vivió y la que habita este territorio.
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