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Una bienvenida que haga la diferencia

Mauricio Hernández

miércoles, 28 enero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Enero y febrero siempre huelen igual.

Huelen a cuadernos nuevos, a pasillos recién trapeados, a carteleras vacías esperando nombres. Huele a ese silencio extraño de los primeros días, cuando los colegios y las universidades aún no arrancan del todo y uno camina por los corredores como si el edificio estuviera conteniendo la respiración.

A mí me pasa cada semestre. Llego temprano. Abro el salón. Pongo el computador. Reviso la lista de asistencia. Treinta, cuarenta nombres que todavía no tienen rostro. Y entonces me asalta la misma pregunta de todos los años: ¿cómo se recibe a quienes aún no conozco?

Porque decir “bienvenidos” es facilísimo. Lo difícil es que esa palabra signifique algo. Durante mucho tiempo mi bienvenida fue administrativa: el programa del curso, las reglas, los porcentajes, las fechas de entrega. Una especie de advertencia elegante: “esto es lo que viene, prepárense”. Todo muy ordenado. Muy correcto. Muy frío.

Hasta que leí a Carlos Skliar. Él desconfía de esas bienvenidas que en realidad son condiciones disfrazadas. Bienvenidos, sí… siempre y cuando se adapten. Siempre y cuando encajen. Siempre y cuando aprendan a comportarse como “buenos estudiantes”. Eso no es hospitalidad, dice. Es normalización.

Y su idea me puso a pensar, es la realidad. Muchas veces la escuela no recibe personas, recibe expedientes. Skliar habla de la hospitalidad como un gesto ético. Recibir al otro sin pedirle que deje de ser quien es. Hacerle un lugar real, no simbólico. No tolerarlo: esperarlo.

Desde entonces, cada inicio de semestre intento algo distinto.

He dejado de comenzar con el contenido. Empiezo con las historias. Les pido que escriban una carta breve o que me hablen del por qué están aquí, qué temen, qué esperan, qué los trajo hasta esta carrera. A veces se cuentan cosas que los otros aún no reconocen o, simplemente, solo se confirma que a todos nos pasan cosas similares. Somos todos humanos.

De muchas formas, les propongo un pequeño diario de llegada, como si el primer día fuera el arribo a un territorio desconocido. Mientras hablan, tomo nota mental: acentos, silencios, entusiasmos, cansancios. Intento aprenderme los nombres rápido, mirarlos a los ojos. Es difícil, lo reconozco. Parece mínimo, pero no lo es. Intento acordarme de sus nombres y, mejor aún, de las historias que cada uno compartió el primer día. He descubierto que, cuando uno escucha primero, después puede enseñar mejor.

Porque el aprendizaje no empieza en el sílabo. Empieza en el vínculo. Hoy creo que una bienvenida que haga la diferencia es eso: detener la prisa académica para reconocer que lo que entra al salón no son estudiantes, sino vidas completas. Historias que vienen con alegrías, duelos, trabajos nocturnos, hijos pequeños, dudas enormes.

Vidas que necesitan algo más que instrucciones. Necesitan sentir que alguien las esperaba. Cada semestre vuelvo a ese salón vacío y repito el mismo ritual: abro la puerta, respiro hondo y me digo que, antes de explicar cualquier tema, mi tarea es otra más simple y más difícil. Hacer espacio. No en el aula. En mí.


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