Desde la misma independencia venimos hablando del problema de tierras en Colombia. El siervo sin tierra fue un icónico texto que clamaba por la necesidad de acceder a ella por parte de quienes quisieran dedicarse a la encomiable labor de trabajar en el campo, e integrados entregar a los hombres la posibilidad de auto subsistir o en los tiempos que corren poder producir los elementos que requieren los ciudadanos para vivir.
El colonialismo dio lugar a disputas por la forma de obtenerla y explotarla. Las diferentes revoluciones trataron de formar un sistema que diese la posibilidad de acceder a la explotación de la misma. Pero todos los sistemas han tenido un frustrante resultado. Cuando el mundo se expande y la posibilidad de alimentarlo parece insuficiente, aparecen las corporaciones y los grandes músculos económicos con proyectos concretos como las semillas especiales, la tecnología de punta y las técnicas, que solo tienen como propósito la producción y comercialización que entreguen ganancias con la satisfacción de las necesidades en un mundo que hoy vive hambruna.
Hoy no se produce el evento de unidad entre pequeños y grandes productores en una actividad que ha sido para muchos una economía de autosubsistencia, en su parcela, y para otros solo la explotación comercial de la producción. Y aquí entra a jugar un papel muy importante el axioma que producir directamente no tiene una rentabilidad importante, la utilidad del esfuerzo del campo se queda en los intermediarios y el comercio final. Lo más, en aquellos que transforman y venden directamente.
De ahí, que cobra importancia la providencia expedida por el TAQ, al referirse a la compra de tierras y su destinación de parcelas en nuestra región. De un lado deja claro que ella se debe comprar con un mínimo que garantice el goce de la comunidad que allí se establecerá, pero con el requisito de cuidarlo ambientalmente, que ofrezca la seguridad para sus habitantes, la posibilidad de ser productiva para asegurar el ingreso, y progreso de quienes acceden a las tierras que compra y entrega el gobierno en los programas de acceso a los predios, no es entregar solamente sino mejorar las condiciones de quienes acceden a ella y sus vecinos.
De otro lado resalta el valor del amor ancestral por ella, su cultura, la que identifica a los habitantes de los territorios, la tierra y el hombre generan una cultura, un vínculo con su lugar, con su clima, con sus coterráneos. Por ello con claridad manifiesta que esas tierras que se compran deben ser para habitar cerca o en lugar ancestral, donde han vivido, de donde fueron desarraigados y no en otros lugares ajenos a su geografía y sociedad.
Razón más dan esas afirmaciones a quienes han querido defender el departamento y su territorio para que no sean objeto de reformas agrarias que solo generen inquietud en los habitantes y que eso se realice beneficiando a los nuestros, aquellos que quieren explotar las tierras y que aquí están construyendo nuestro futuro.
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