Terminada la segunda guerra mundial nacieron oficialmente las Naciones Unidas, también conocidas como ONU, el 24 de octubre de 1945. Un lugar para el diálogo libre, abierto y respetuoso entre las naciones miembro, actualmente 193. Según dice el mismo portal web de la ONU: “Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas … Continuar leyendo
Terminada la segunda guerra mundial nacieron oficialmente las Naciones Unidas, también conocidas como ONU, el 24 de octubre de 1945. Un lugar para el diálogo libre, abierto y respetuoso entre las naciones miembro, actualmente 193. Según dice el mismo portal web de la ONU: “Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas empezaron su labor en 1945, con una prioridad: mantener la paz y la seguridad internacional. Con este objetivo, la Organización intenta prevenir los conflictos y poner de acuerdo a las partes implicadas. Lograr la paz exige crear no solo las condiciones propicias para que esta anide, sino para que se mantenga”. Al parecer, la tarea ha quedado a medio camino, los hechos mundiales demuestran la ineficiencia de esta organización multinacional en dar cumplimiento a su prioridad.
No podríamos negar el noble propósito que dio origen a la ONU, el cual se inspira en el deseo moderno e idealista kantiano del derecho cosmopolita de una organización pacífica que convoca a todos los estados en la tierra y que busca, como un deber, la paz perpetua. Dicho propósito fue mucho más que noble, algo absolutamente necesario, luego de que la humanidad presenciara y sufriera la devastación causada por dos guerras mundiales acontecidas en menos de medio siglo. Es cierto, algo tenía que hacerse y promoverse para buscar prevenir los conflictos violentos y, qué mejor opción que la creación de una organización que pusiera como mediación de los conflictos entre las naciones y los pueblos la negociación racional vía gestión diplomática. Aunque la nobleza del propósito no significa necesariamente, ni causalmente, el cumplimiento o logro del mismo, es decir, el deseo y proyección de paz entre naciones y pueblos, no es la medida de éxito de la Organización de Naciones Unidas. El mismo Kant, bajo la idea cosmopolita, no pone como finalidad el logro de la paz perpetua, para el filósofo alemán lo que importa es el carácter moralmente obligatorio de actuar por la paz, lo cual es dado por la razón moralmente práctica. Entendido así, una organización mundial como ONU no tiene como medida de su eficacia o legitimación moral y política la consecución de la paz, sino el deber moral de estar constantemente buscando, trabajando por el logro cosmopolita de una paz entre naciones y pueblos, lo cual sí aporta, supuestamente, al progreso de una mejor humanidad. Un aspecto muy coherente con la ética y política kantiana de no hacer de los fines, como la paz, medios, sino siempre sostener los fines como fines para considerarlos válidos y correctos moralmente.
Sin embargo es muy desalentador y preocupante que una instancia como la ONU no pueda hacer nada más que promover moralmente la búsqueda de la paz y no lograr intervenir, solucionar, mediar y detener los conflictos violentos que dejan tanta muerte y destrucción en el mundo. Es muy desalentador e inútil que el deseo de paz quede validado y legitimado racionalmente en tanto propósito y no en el logro del mismo. Al respecto, consideraría que la misma inspiración de creación de la ONU debe ser replanteada por algo más eficaz que logre detener o realmente mediar e impedir que los estados y pueblos solucionen sus conflictos a través de acciones bélicas. Una interesante alternativa de este giro que requiere hacer a las Naciones Unidas estaría planteado por David Adams, historiador norteamericano quien trabajara en la Unesco en el Programa de la Cultura de Paz, al mencionar que no deberían ser los estados miembros los que gestionen la paz a través de las Naciones Unidades, sino directamente los pueblos.
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