Uno de los grandes problemas de los colombianos es cada cierto tiempo tener o querer parecernos a otros. En la época de la Colonia, tiempo de sometimiento, nos obligaron a llevar pelucas decorativas o vestidos ampulosos o a entender el mundo como decían los españoles, que a su vez habían recibido influencias judías o moras, … Continuar leyendo
Uno de los grandes problemas de los colombianos es cada cierto tiempo tener o querer parecernos a otros. En la época de la Colonia, tiempo de sometimiento, nos obligaron a llevar pelucas decorativas o vestidos ampulosos o a entender el mundo como decían los españoles, que a su vez habían recibido influencias judías o moras, o solamente percibían el mundo como sus campesinos analfabetos lo asimilaban.
En la colonización, hecha por los peninsulares, las músicas que nos llegaron del canon occidental o las marginales de áfrica, se sobrepusieron a las propias, a esos rituales de los indígenas que reproducían, con la percusión o con los vientos, los contrastes de la naturaleza.
En el siglo diecinueve se repitió el fenómeno, y los colombianos, los músicos y en especial los poetas, además de tratar de escribir como Gustavo Adolfo Bécquer, que había leído a los parisinos y a los alemanes, copiaron ritmos de los franceses porque entendíamos que una manera de independizarnos de los españoles, más que buscar dentro de nuestro corazón, era de nuevo remedar a otro europeo, a los de moda, que aparte de románticos podían ser simbolistas o densos, dramáticos, como nos empezó a gustar la deglución de las emociones.
Nadie olvida los versos de José Asunción Silva de procedencia francesa.
Luego nos llegaron las influencias, a través de los tangos, de los argentinos, que estaban ahítos de europeísmo. Los mexicanos, alborotados con su revolución crearon otras tendencias por medio de los corridos y de las rancheras que se instalaron de inmediato en la mente, y en el parloteo aguardientoso y cafetero, de los colombianos.
Las mañanitas nos despertaban y muy pronto cantantes como Pedro Infante o José Alfredo Jiménez, o Vicente Fernández, cabalgaron por nuestros campos, se sentaron en las cantinas, recitando dolores, haciendo más dramático el drama de nuestras violencias y pobrezas, heredadas de los despojos históricos a nuestros campesinos, negros e indígenas. Las músicas terminan diciendo lo que nos quitaron, lo que se nos llevaron y a la vez lo que nos duele y lo que somos. Y a veces somos menos de lo que creemos.
Ahora resulta que los reguetoneros de Medellín – J Balvin, Feid, Maluma, Ryan Castro, Blessd, DFZM, Ovy on the Drum, y Karol G-, esa legión de insulsos, imbuidos de las músicas de Puerto Rico y de los americanos, crearon la canción +57 para avivar sus cajas registradoras, y convirtieron a las niñas de Medellín en blanco de los pedófilos del mundo.
Ellos no entienden que lo que cantan, de letras directas y de ritmos simples o básicos, recrean una subcultura del facilismo, de la emoción primaria, sexualizada, a veces narcotizada por el deseo primordial, animal, que alimenta unas formas de pensar y sentir.
De hecho, de tiempo atrás ya rueda un documental británico en Europa, que categoriza a Medellín como el más grande prostíbulo a cielo abierto. Es el reguetón la expresión de una manera de vivir de unos cuantos mercaderes de Antioquia. El reguetón no significa a los antioqueños, solo representa a una franja del mercado de las músicas urbanas.
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