Petro, Verónica, y sus hijos caminaban sonrientes hacia la Casa de Nariño. Saludaban a lado y lado: los esperaban y los veían por televisión millones de ciudadanos, esperanzados en que la pesadilla, oscura noche, llegara a su fin. Al final de su ruta, en la plaza de Bolívar, estaban Francia Márquez, vicepresidenta, Teresita Gómez, pianista, … Continuar leyendo
Petro, Verónica, y sus hijos caminaban sonrientes hacia la Casa de Nariño. Saludaban a lado y lado: los esperaban y los veían por televisión millones de ciudadanos, esperanzados en que la pesadilla, oscura noche, llegara a su fin.
Al final de su ruta, en la plaza de Bolívar, estaban Francia Márquez, vicepresidenta, Teresita Gómez, pianista, para completar la imagen poética de una ilusión. La esperanza, como resistencia líquida de las minorías, brotaba a borbotones de las cenizas de decenas de guerras diarias para buscar una opción de paz.
Un siete de agosto de 2022 que, para indígenas, mujeres, artistas, negros, y excluidos, se convierte en un símbolo de vida. Poesía pura, metáfora de la convivencia, que aún no entienden otros colombianos
La poesía tiene su fin provisional en una sociedad acostumbrada a la realidad hirsuta. La posesión del presidente de la República, cargada de símbolos, expresa a una Colombia profunda que advierte un centralismo asfixiante en el poder. La “bogotanización de las decisiones fundamentales, ejercicio de élites indolentes, nos afecta y nos vinagra a todos.
Después de la frustración del gaitanismo, o del mismo galanismo, movimientos políticos del pasado siglo, Petro representa a un liberalismo democrático y progresista que busca reformas y, en especial, la incorporación de más de la mitad de los ciudadanos a la toma de decisiones de gobierno.
Y ahí, en ese momento y espacio, empieza la escritura de un gobierno, ya en prosa, que de seguro debe aterrizar los sueños al territorio de lo posible. Termina la poesía y empieza la denotación de lo real. Los ideales se escriben con la pureza de lo poético y la realidad, la de la calle y las veredas, se relata en prosa inacabada e insuficiente: leyes y decretos.
Las determinaciones tomadas, hasta ahora, se valoran como sensatas y modulan el discurso de plaza pública, poesía arrebatada. Si bien habló el candidato de reforma agraria, bajo el sol caribeño, hoy ya la ministra Cecilia López, una mujer de vanguardia, atenúa el discurso y dice que los instrumentos legales son suficientes para variar la ecuación de la propiedad. ¿Será cierta tanta ternura agropecuaria?
Ripostó Petro contra los partidos tradicionales, sin tregua, y ahora se alía a algunos de ellos para darle estabilidad a su gobierno en el Congreso de la República. También ha cedido a la presión del Consejo Gremial, en relación con la reforma laboral, en procura de darse gobernabilidad con un sector del empresariado. Se necesita mucha vaselina poética para poder escribir un relato de reivindicaciones, pienso ahora, en el acuario de mi personalidad pragmática.
En el tema cultural, por ejemplo, el desmonte del bodrio de la economía naranja no da espera, toda vez que es una especie de eufemismo para enmascarar la entrega de los recursos del Estado a grandes inversionistas. En provincia, la escasa inversión de Cultura bajó en promedio un 50%.
Los poetas se fueron con sus liras. Llegaron los prosistas y los historiadores: escribirán la narrativa de un sueño, espero.
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