Ante la oleada de violencia en Colombia, que atraviesa el corazón de los colombianos, sumiéndonos en la aflicción y la zozobra y destroza los más nobles ideales de aquellos a quienes se les truncan sus sueños, sus ilusiones, quiero rendir un sentido homenaje a los policías de Colombia, nuestros héroes. Y lo hago, con la … Continuar leyendo
Ante la oleada de violencia en Colombia, que atraviesa el corazón de los colombianos, sumiéndonos en la aflicción y la zozobra y destroza los más nobles ideales de aquellos a quienes se les truncan sus sueños, sus ilusiones, quiero rendir un sentido homenaje a los policías de Colombia, nuestros héroes. Y lo hago, con la firme convicción de un ciudadano, que aprendió en la sencillez de un hogar cristiano el respeto por los superiores y por las instituciones, el civismo, el sentido de la democracia.
En el hogar aprendí a pedir permiso, a solicitar un favor, a decir: gracias, a pedir perdón, a callar cuando llegaba una visita a la casa, a no meterme en las conversaciones ajenas, a mirar a los ojos, a no responder ante los regaños y consejos de papá y mamá; aprendí de mis progenitores lo que es bueno, me alertaron sobre lo malo, me enseñaron el camino de la fe, me mostraron el rostro de Dios, me condujeron por la senda de la moral y de la ética, inspiraron en mí el deseo de compartir con los más pobres, me enseñaron el valor de la honestidad y algo que nunca olvidaré: a valorar y respetar a las mujeres.
¿Qué ha pasado? ¿Qué nos está pasando en esta sociedad? Con la anuencia de los estados, las agendas globalistas y la idea de un ‘nuevo orden mundial’, hemos ido destruyendo los valores e imponiendo diversas formas y estilos de vida que rompen con la armonía humana y destruyen el entramado comunitario y social. Con las llamadas ‘ideologías’, estamos llegando a la tiranía social y con el mal denominado ‘lenguaje inclusivo’, estamos destruyendo la belleza de nuestro idioma.
Todo pareciera invertirse, como lo planteaban los obispos de América Latina y El Caribe, en el documento de Puebla, México en 1978, cuando se referían a una ‘inversión de valores’.
¿Qué sociedad soñamos? ¿Qué sociedad estamos construyendo? Estamos viviendo en la ‘utopía’ de Tomás Moro, inmersos en una filosofía del ‘descarte’, sumergidos en unas redes sociales que defienden las verdades a medias y hacen apologética de las noticias falsas.
Estamos compartiendo el escenario de un mundo que construye ‘muros’ entre los seres humanos, en el que, como dice el papa Francisco, se evidencian las ‘periferias existenciales’. Parece que el amor se evapora y se erigen los ‘amores líquidos’ de Zygmundt Bauman, sin compromiso ni responsabilidades.
Hoy, como colombianos nos tiene que doler ‘el plan pistola’ perpetrado por el Clan del Golfo; nos sentimos regresando a la época de Pablo Escobar y de los narcotraficantes que le ponían precio a la cabeza de un policía.
Nuestra solidaridad no puede despertarse simplemente ante la ola de violencia, sino que debe ser una manifestación permanente de gratitud y reconocimiento de lo que estos héroes de la patria han hecho y seguirán haciendo portando con orgullo su uniforme para defender nuestra vida, desde la ‘libertad y el orden’.
Tan solo la muerte de un policía, de un ciudadano nos debería llevar a ‘lamentarnos’ y a exigir a los violentos que cesen ya, que basta de violencia, que nos liberen de estas ataduras y del poder de la oscuridad en que ellos pretenden sumergir a la sociedad, en medio del temor, del miedo y de la amenaza.
No hay duda que se requiere una renovación estructural de la Policía Nacional, pero no podemos ignorar que la gran mayoría de uniformados ‘vibran’ con pasión y desde el sacrificio, ‘dan la vida’; esforzándose por ser cercanos a la comunidad y por construir caminos de paz y de justicia.
Es verdad que hay uniformados que dan mal ejemplo y que no son dignos de llamarse policías; es verdad que algunos se han rebelado contra la institución y han decidido hacer valer su poder y su fuerza; sin embargo, es verdad que existe una institución, que nació en 1891 y sigue su curso para protegernos, erigiéndose como un emblema de fuerza y de servicio, de nobleza y de responsabilidad, de orden y sacrificio.
Ellos y ellas, los policías son nuestros héroes y nuestro homenaje para ellos debe ser expresión de confianza, respeto y solidaridad.
A ustedes queridos lectores, les invito para que juntos este martes a las 6:30 de la tarde, en La Catedral, oremos por la vida y vocación de nuestros policías; de quienes han caído, víctimas de la violencia y acompañemos con una vigilia y velatón a sus familias, invitando a los violentos a que depongan sus armas y abran el corazón a Dios y llamando a los colombianos a que juntos, como signo de solidaridad, rodeemos a la Policía Nacional con nuestro afecto y gratitud.
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