El parque cultural Museo del Oro Quimbaya me suscita varias emociones personales. Es fruto de una institución, como el Banco de la República, que cumplirá en 2023 cien años de servicios a una nación que tiene pocas entidades paradigmáticas. El Banco es una joya de nuestra vida ciudadana. El diseño arquitectónico del Museo, su relación … Continuar leyendo
El parque cultural Museo del Oro Quimbaya me suscita varias emociones personales. Es fruto de una institución, como el Banco de la República, que cumplirá en 2023 cien años de servicios a una nación que tiene pocas entidades paradigmáticas. El Banco es una joya de nuestra vida ciudadana.
El diseño arquitectónico del Museo, su relación con la naturaleza y el agua, es también una luz de abrigo en mi memoria. Viví durante muchos años en un apartamento en Bogotá diseñado por Rogelio Salmona y sé bien cómo es atardecer en el frío reposado de sus paredes de adobe y el sonido, mineral y leve, del agua en flujo por sus canales. Suscita paz, encuentro orgánico con el barro amniótico y con nuestros hermanos mayores de otras épocas. En ese condominio-parque fui feliz y cada vez que entro al Museo en Armenia llega a mí esa sensación como una vaharada que persiste.
Hace pocos días la entrega de la remodelación del Museo Quimbaya llenó de gratitud a algunos quindianos. Sus nuevos espacios, en especial el auditorio, la sala de exposiciones temporales, o el mismo jardín arqueo-botánico, se sumaron a una estructura poética, bella, un templo de ladrillo y agua instalado en el corazón de nuestros cafetales.
Esas alegrías dobles, sin embargo, no son repetitivas y suficientes. En el plan estratégico 2022-2025 del Banco de la República, a los treinta años de expedida la Constitución de 1991, se comprueba que las tareas a desarrollar por sus gestores tienen tres campos: la madurez digital de la red cultural, la transformación de los servicios presenciales en sede y fuera de ella —el mundo afuera existe— y, también, el conocimiento del público y sus necesidades cambiantes.
Ojalá en Armenia, esos cambios, se hagan. Desde hace años el Parque Museo Quimbaya, además del castrante centralismo de su planeación cultural, refleja un anodino vínculo con el departamento: no programa con enfoque regional.
En el Museo Quimbaya, aparte de algunos mendrugos de gestión, no existe conexión con nuestra realidad local.
¿Cuántos músicos del Quindío han trabajado o celebrado recitales en el pasado decenio en sus instalaciones? ¿Cuáles muestras de artistas visuales, pintores o fotógrafos nuestros se han exhibido en sus pasillos y paredes? ¿Por qué contratan con tanta frecuencia y dominancia especialistas de afuera por encima de las competencias de los autores o gestores del Quindío? ¿Cuántas veces ha habido muestras de artesanía campesina o popular en el Museo? ¿Por qué estiman que las organizaciones culturales del Quindío solo sirven para cargarles sus maletas viajeras o el peso de sus estadísticas? ¿Por qué no hay diálogo real con los resguardos indígenas asentados en el Quindío, con la cultura viva? ¿Continuará el Museo creando servicios casi en exclusiva para las élites cuyabras, sin relación con otras realidades urbanas y con los municipios del Quindío?
El mundo de afuera existe, reitero. Y el respeto se gana, más allá de la conservación del patrimonio, conversando y creando con las identidades vivas.
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