Durante decenios nuestro arribismo y autocomplacencia han sido actitudes legendarias. Nos comimos el cuento, el calentado, de suponer que la belleza del paisaje era nuestra insignia y que ese rasgo, por sí solo, nos hacía exclusivos. Ello determinó que abandonáramos el significado central de nuestra humanidad y redefinió que la autoestima colectiva llegara al suelo. … Continuar leyendo
Durante decenios nuestro arribismo y autocomplacencia han sido actitudes legendarias. Nos comimos el cuento, el calentado, de suponer que la belleza del paisaje era nuestra insignia y que ese rasgo, por sí solo, nos hacía exclusivos. Ello determinó que abandonáramos el significado central de nuestra humanidad y redefinió que la autoestima colectiva llegara al suelo. Desconfigurada.
Nos cuesta aceptar que no somos únicos, que hemos cometido muchos errores en el desarrollo colectivo, y que ahora solo buscamos, como lo hacen algunos gobernantes en nuestro nombre, el aplauso y la aceptación externas. Nos volvimos perritos falderos que buscan unas palmaditas o que nos lancen de cualquier mesa la galletica o el mendrugo de un adjetivo.
Explico lo anterior para decir de nuestras equivocaciones, también legendarias, en asuntos políticos. Hace cerca de 20 años el Quindío se reconvirtió de un pueblo liberal a las derechas políticas, y ofrendó en ese altar de impostaciones a tres de sus exponentes de élite: Luis Carlos Restrepo, Bernardo Moreno Villegas y Diego Palacio Betancourt.
Los tres, representantes de familias tradicionales, fueron a parar al gobierno oscuro, y los tres terminaron imputados y responsables de delitos en asuntos públicos. ¿Por qué ocurrió y cómo esas acciones particulares se volvieron símbolo de asimilarse a la penumbra ética?
¿Por qué aún no reaccionamos ante la evidencia de una amoralidad colectiva?
Recuerdo que, con 111.000 votos, con un porcentaje de 60.13 % ganó el No en el plebiscito por la paz, y que desde aquí se fraguó, con nuestra anuencia, que se hiciera trizas ese pacto. ¿Por qué vamos en contrasentido de la historia? ¿Por qué nos unimos a quienes patrocinan la infamia o la violencia y pensamos que todo está bien?
A veces tratamos de recomponer el caminado. Hace más de cuatro años, la campaña de Fajardo con cerca de 61.000 votos ganó en Armenia y ahora, con 84.000 votos, el pacto histórico derrotó el miedo y la Petrofobia gratuita en la región. ¿Qué significado tiene esa pasada votación en un departamento carcomido por la corruptela o solo es merengue de un día?
Al final de este ejercicio de memoria, solo nos queda pensar que los caminos escogidos, en los pasados años, nos tienen estancados y perdidos. Poco empleo hay, el agua se agota en los municipios y estamos como rehenes, voluntarios muchos y obligados otros, de clanes políticos.
Habrá que pensar dos veces el próximo voto el 19 de junio. No retroceder. Entender que el Quindío está articulado al circuito nacional, pero que, desde aquí, nosotros, podemos empezar a gestar la transformación.
Aunque para muchos el voto en blanco tiene su dignidad, y creo lo mismo. Poder discrepar con tolerancia, sí, pero también con claridad. Avanzar significa dar libertad a nuestros deseos de cambio real. No, obvio, el cambio maquillado de las visiones empresariales, propias del neoliberalismo actual, ni de la negación de los derechos de las minorías.
No podemos asustarnos o dejar que el pan se queme en la puerta del horno.
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