Voy camino a casa. Cambio mi transporte por causa de un desperfecto en el vehículo tradicional. Llueve a baldados. Un trabajador de construcción con una ruana de plástico me salpica con el agua recogida en los pliegues. Empiezan a hablar los pasajeros, desde el asiento de adelante hacia atrás. Estoy en la mitad de sus … Continuar leyendo
Voy camino a casa. Cambio mi transporte por causa de un desperfecto en el vehículo tradicional. Llueve a baldados. Un trabajador de construcción con una ruana de plástico me salpica con el agua recogida en los pliegues. Empiezan a hablar los pasajeros, desde el asiento de adelante hacia atrás. Estoy en la mitad de sus vidas, y no puedo sustraerme a su conversación. Van para Barcelona. Hablan 5 personas de su consumo rutinario de droga, y ríen sin pena. Todos ellos, labriegos y obreros, rezuman pobreza. Es su hora feliz, intuyo. Ríen con despropósito, sin precio, es lo poco que les queda
Poco entendían, sumidos en sus precariedades, que el país estaba en buena parte paralizado por el clan del Golfo. Once departamentos y casi cien municipios bloqueados por la primera línea de la ilicitud. O que el cartel de Sinaloa mantiene en parte del Cauca y del Pacífico sus negocios ilegales y su dominio sobre la yerba híbrida, empapada de sustancias químicas. De seguro no comprenden que estamos en manos de la mafia y que, después de la muerte de Luis Carlos Galán, su enemigo jurado, ellos pudieron disponer el menú.
Galán decía, cuando lo tildaron de polarizador, que en poco tiempo seríamos un país consumidor. En las familias, en las casas, arden las papas, y aún no sabemos cómo apagar los fuegos de la ansiedad.
Nadie quiere mirar en el Quindío los índices de consumo y comercio de drogas. Algunos entienden que existen contubernios con políticos, y que este departamento es campo abierto. Otros saben que en la distribución de productos agropecuarios, en plazas de mercado, los carteles acorralan a los minoristas y que los gota a gota o algunos almacenes de plásticos, a mil todo, están articulados con el lavado de activos. Domina una economía invisible. ¿Quién desea mirar hacia el páramo, a lontananza?
Ya casi llego a mi casa, y de pronto ellos dejan de sonreír.
La ONU dice que de 210 millones de consumidores en 2009, se pasó a 269 millones en el planeta y que esa cifra aumentó después de la pandemia. Los adictos, en buena proporción, se pasaron a las drogas sintéticas, y en muchos hogares, como si fuera la cena, se empezaron a cocinar cocteles de químicos mortales.
A las drogas vegetales se le sumaron cientos de productos de síntesis, que no tienen control. Casi 40 millones de personas hoy sufren trastornos mentales por cuenta de las adicciones. La cannabis es la más consumida y los opioides son los más nocivos: matan.
¿Comprenden las autoridades que nuestros jóvenes se lanzaron de cabeza a la piscina del fentanilo? ¿Quién de verdad gobierna a Colombia?
Manda la mafia, y muchos miran el televisor como si esa realidad propia, que nos contaban antes de Culiacán o de Veracruz, en México, fueran escenas en otra galaxia.
Estamos anestesiados. La realidad no nos toca. Resuello en el bus urbano. Las risas causan tristeza. Arrebatan algo de pobre alegría a sus abandonos.
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