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¿Quién dijo miedo?

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 6 mayo 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Las palabras nos mencionan y desentrañan. Nos significan como individuos y sujetos históricos. Un paisaje de mi infancia, abrumador o bello, era como un amanecer para mis bisabuelos en un patio de Cundinamarca, mientras pensaban que la Guerra de los Mil Días podía atravesar la plaza desierta, la calle ancha, y llenar de ruidos el … Continuar leyendo

Las palabras nos mencionan y desentrañan. Nos significan como individuos y sujetos históricos. Un paisaje de mi infancia, abrumador o bello, era como un amanecer para mis bisabuelos en un patio de Cundinamarca, mientras pensaban que la Guerra de los Mil Días podía atravesar la plaza desierta, la calle ancha, y llenar de ruidos el estómago. 

Así visto, somos uno y todas a la vez y sentirlo de esa manera nos explica como individuos y da sentido en la colectividad. Animales solitarios que salen al trote de su cueva para caminar —y conversar— acompañados. 

Esclavitud fue una palabra de la colonia. Nos ataba a un mandamiento único y nos amarraba a un árbol genealógico que nos poseía. No se vislumbraban identidades o identidad. Libertad era una ilusión en la independencia y sobrevivir una utopía en la República. Así nos limitaron, a entendernos desde la abstracción de sueños que no eran para todos. Y llegó, aunque nunca se ausentó, el vocablo exclusión y nos quedamos anclados a sus amarres de acero.

La palabra, real o inventada, nos define. En la novela de Daniel Ferreira El año del sol negro, en la página 28 de mi edición, alguien siente voces dentro de la casa y salta por un ángulo de la mediagua hacia la calle. En esa historia, los coterráneos huyen despavoridos de la muerte o van a su encuentro, por legiones, con miedo o con la simulación del coraje, porque siempre estamos en medio de la oscuridad. Somos Colombia: La sangre nos determina y el temor nos estremece. Igual a cuando un padre o un esposo violento anuncia, con sus pasos, la llegada a una casa endeble.

En esa historia Ferreira nos cuenta de la personalidad de Rafael Uribe Uribe, de su participación en esa guerra, como ocurre, en un esfuerzo diferente pero igual de tenaz, en la novela Las formas de la ruina, de Juan Gabriel Vásquez. Tiende un puente entre la Guerra de los Mil Días, el hacha que dos artesanos descargaron para matar a Uribe Uribe y la ambigüedad de Roa, el asesino de Gaitán. Locura o conspiración, podría alguien decir y no: es solo la violencia sistémica de unos pocos contra la población. El seguro del despojo: matar la esperanza y seguir, sin descanso, sembrando miedo en los hogares y en los campos.

Si Daniel Ferreira y Juan Gabriel Vásquez nos cuentan sobre esas épocas, que son todas, en la Trilogía del 9 de abril —que apenas miro y aún no leo, El crimen del siglo, El incendio de abril o La invención del pasado, de Miguel Torres, clásicos de la literatura, testimonios de nuestras infamias grupales— es narrado el desastre de la guerra civil de 1948, desde los ojos del asesino y de las víctimas.

El miedo está ahí y creció como una planta invasora. Nos sujeta aún. Ya lo sabemos y vamos a salir de la cueva, tomados de la mano, a derrotar la oscuridad. En mayo empezaremos.  Juntos. Juntas.


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