“Definitivamente desencadenado, Prometeo, al que la ciencia proporciona fuerzas nunca antes conocidas y la economía un infatigable impulso, está pidiendo una ética que evite mediante frenos voluntarios que su poder lleve a los hombres al desastre.” Estas son las primeras palabras del libro El principio de Responsabilidad, de Hans Jonas, libro que advierte sobre el … Continuar leyendo
“Definitivamente desencadenado, Prometeo, al que la ciencia proporciona fuerzas nunca antes conocidas y la economía un infatigable impulso, está pidiendo una ética que evite mediante frenos voluntarios que su poder lleve a los hombres al desastre.” Estas son las primeras palabras del libro El principio de Responsabilidad, de Hans Jonas, libro que advierte sobre el desmedido éxito que la humanidad ha logrado con el sometimiento de la naturaleza, lo cual ha llamado progreso.
La Modernidad como fenómeno histórico, con su sabido y promulgado uso de la razón, erigió al ser humano señor y dueño del planeta, a modo de conquistador de la naturaleza. También instauró una lógica lineal y dualista, en la medida que se postula un tránsito binario del oscurantismo a la ilustración y de la tiranía política y social hacia la libertad. Postuló con optimismo el progreso, considerando que todo lo futurible científica y técnicamente sería mejor que el pasado apoyado en la tradición y las nociones pastoriles de la religión. De la misma manera, la modernidad puso el énfasis en el “desarrollismo”, vinagrosa idea que exalta el crecimiento industrial y económico-financiero como pauta de bienestar y felicidad de la población; lo cual tiene su sesgo, pues vilmente ha establecido que unas sociedades o países son mejores que otras.
La idea de progreso tiene una mirada limitada, solo ve hacia delante y no logra visualizar periféricamente que ocurre alrededor y mucho menos que va dejando atrás. Una ideología optimista, que solo pone atención a los índices de mejoramiento material y hace abstracción del daño colateral que genera. El discurso del progreso no logra ver que nada en el mundo es infinito e inagotable. El mundo, la naturaleza es todo lo contrario, finita, agotable y alterable al punto de su destrucción.
Lo fatídico de la idea de progreso se ha venido advirtiendo desde décadas atrás, testimonio de ello es la reflexión hecha por el filósofo alemán Walter Benjamin en 1940, cuando nos habla del ángel de la historia, quien ha vuelto su mirada al pasado quedando pasmado y con ganas de detenerse, “Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irremisiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”. (Benjamin, Walter).
Requerimos contraer el discurso y las prácticas fomentadoras del progreso. Requerimos mirada y conciencia histórica para poner sobre el presente los peligros fabricados por nosotros mismos. Vivimos el tiempo de los riesgos globales, imparables e irreversibles. No podemos, política ni tecnocientíficamente seguir ondeando la idea de progreso; es irresponsable hacerlo, es peligrosamente ingenuo escucharlo. Sin ningún propósito de negar los beneficios de la razón, que incluyen la ciencia y la tecnología, conviene mejor acoger discursos y prácticas que contemplen la vulnerabilidad del planeta y de todos los seres, incluidos nosotros mismos. Necesitamos disminuir el optimismo del desarrollismo y dejar asomar el temor a las consecuencias de ese desbocado impulso de arrancar la naturaleza y sembrar cemento. En serio, necesitamos hablar y actuar cada vez más desde los principios de Responsabilidad y Respeto.
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